Ahorcando al ganso…

“Apretarle el cogote al ganso…” Un acto simple pero lleno de perversidad y por tanto deseado. El varón se iniciaba en un acto bestial, esto es, tenía sexo con un animal, en este caso el ganso. El punto culminante de ese encuentro era cuando al finalizar el acto, ahorcaba al animal cuyas reacciones, decían, no los superaba la imaginación

POR Carlos Ferreyra Carrasco

“Apretarle el cogote al ganso…” Un acto simple pero lleno de perversidad y por tanto deseado. El varón se iniciaba en un acto bestial, esto es, tenía sexo con un animal, en este caso el ganso. El punto culminante de ese encuentro era cuando al finalizar el acto, ahorcaba al animal cuyas reacciones, decían, no los superaba la imaginación

No recuerdo el nombre correcto del equipo, pero era algo así como el Wachachara y estaba conformado por jóvenes universitarios, en mayoría o todos, estudiantes de Medicina.

Los deportistas en mención practicaban el futbol americano, ese juego de escafandras y golpeteo infame contra sus semejantes, tan gustado en Estados Unidos y que en mala forma se ha propalado en México.

Sí, porque todo copiamos y hay quien coloca a ese juego, al que reputan de estratégico, sobre los que tradicionalmente se practicaban en México; no me refiero a la pelota azteca ni a otras disciplinas prehispánicas, sino a simples divertimentos de conjunto.

En los pueblos, un breve espacio con dos canastas una frente a otra, daba pie para los encuentros de basquetbol, en tanto que en los llanos y al estilo brasileño, se jugaba con pelota de trapo e improvisadas porterías que bien podían ser las chamarras de los competidores o simples piedras colocadas a las distancias apropiadas.

Y allí, corriendo de un lado a otro, entre gritos entusiastas o de aliento, también airadas reclamaciones y entreverada una que otra mentada de madre, se desarrollaban los partidos entre un pueblecillo y el vecino.

No era cosa del otro mundo, pero muchos terminaban en verdaderas tragedias, con los participantes enfrascados en luchas fratricidas, puñal en mano, machete al ristre y en ocasiones alguna que otra arma de fuego.

La pasión por el partido, el amor por los colores adoptados en los uniformes pueblerinos, desbordaban toda prudencia y a pesar de los desastrosos resultados periódicos, no cejaban en su lucha que posponían hasta el siguiente campeonato. O año, aprovechando la celebración del Santo o la Santa Patrona.

Volvamos a los deportistas de élite. Los que recordamos, muy bien uniformados y luciendo los colores azul y oro con hermosas banderas tricolores bordadas en los antebrazos, ocasionalmente salían del país a competir con otros equipos de su nivel.

Eso, claro, descartaba las competencias en Estados Unidos, ni siquiera a nivel colegial, pero era buen pretexto para visitar otros países del subdesarrollo donde las escuelas de alcurnia tenían entre sus lujos, uno a varios equipos de fut americano.

El país preferido era Cuba, colorido, repleto de hermosas mujeres con fama de complacientes. Tiempos en que la isla era el burdel predilecto de los gringos, así que desarrollaban toda suerte de artes y malabares relacionados con el sexo.

Grandes espectáculos y enormes reservas para la práctica de los más insólitos juegos íntimos. Uno de ellos era y lo platicaban con un entusiasmo desbordado, “apretarle el cogote al ganso”.

Un acto simple pero lleno de perversidad y por tanto deseado. El varón se iniciaba en un acto bestial, esto es, tenía sexo con un animal, en este caso el ganso. El punto culminante de ese encuentro era cuando al finalizar el acto, ahorcaba al animal cuyas reacciones, decían, no los superaba la imaginación.

Aunque ya no se habla de esta práctica insana, creo que no abandonamos la costumbre de apretarle el cogote al ganso. En este caso no somos los viciosos, sino los gansos.

Veamos: con la mirada puesta en la sucesión presidencial, el canciller Marcelo Ebrard está haciendo todo por treparse al carro triunfal de Donald Trump. Tiene la seguridad muy bien fincada de que será allá, en el norte, donde se decida quién ocupará la Silla del Águila en el turno siguiente.

Igualmente tiene la certeza de que no permitirán los amables vecinos del norte, que se alargue el mandato de YSQ. Y de que querrán a un gobernante más de su gusto, digamos un hombre blanco que parle francés y en especial hable y viva en inglés.

Nadie mejor que Ebrard Casaubon, a quien hemos visto doblar la cerviz, hacer toda suerte de carantoñas y visajes en las fotos que busca desesperadamente junto a Trump.

La gráfica describe cómo nos ven los vecinos. Y si, seguimos con las prácticas bestiales, pero me temo que ahora los gansos estamos en el sur del Bravo…

FOTO Portada: Tomada de la cuenta de Carlos Ferreyra Carrasco en Facebook.