Desmembrados y troceados

Hasta hace algunos años esos mismos hombres eran creyentes. Fieles a la virgen de Guadalupe. Fieles a Dios. Y hasta se daban el espantoso lujo de edificar mausoleos cada que un gran amigo fallecía. A partir de lo que alcanzaban a comprender de la religión en la que creían era que construían parte de su realidad

POR Óscar Garduño Nájera

Hasta hace algunos años esos mismos hombres eran creyentes. Fieles a la virgen de Guadalupe. Fieles a Dios. Y hasta se daban el espantoso lujo de edificar mausoleos cada que un gran amigo fallecía. A partir de lo que alcanzaban a comprender de la religión en la que creían era que construían parte de su realidad

Cuando intento explicar (y explicarme) algo que tiene que ver con los procesos narrativos durante un taller, una lectura o al escribir una reseña, luego de la lectura, me gusta emplear la imagen de un puente. Sitúo en una orilla al narrador y en la otra a la ficción. Una vez que se atraviesa ese puente no hay vuelta atrás.

Supongo que es en este puente donde se transforma, también, la realidad en ficción o viceversa. Aquí es donde se dan las grandes historias. Pero también las historias mediocres: aquellas que se quedan a la mitad del puente. O peor aún: aquellas que ni siquiera deberían haber salido de una de las orillas del puente.

Un puente. Ni siquiera importa el material del que está hecho. Lo importante es saber en qué dirección vas si estás en él. La ruta que sigues. Y, si te sientes extraviado, pedir ayuda. Un SOS expedito. Y si no te has extraviado, tal vez ayudar a quien sí lo está.

También sé que lo que corre a través de ese puente es nuestra historia. Me gusta imaginarlo así: una concepción con la que procuro interactuar con el mundo con la única finalidad de llegar a salvo al final del día. De lo bueno y de lo malo. Se trata de filtrar lo inmediato del mundo a través del puente. A partir de esta construcción, la del puente, es que construyo, también, ideas, conceptos, reflexiones, críticas.

De un punto al otro del puente hace algunos días no se respiró sino desolación. Cómo se respira la desolación es otro misterio de los que guarda el puente. Ocurrió un buen día. Como se trata de un puente cuya concepción proviene de la imaginación se puede situar donde así lo desees. O donde te obliguen las circunstancias a situarlo: una mañana fue un amanecer de esos que sólo un estado como el de Michoacán tiene: las nubes que se resquebrajan sobre el puente y permiten que por entre sus grietas grisáceas se filtre la primera luz del amanecer. En algún punto del puente hay unos cuerpos sin vida colgados. Inmóviles. Esa inmovilidad asusta incluso al perro que llega hasta debajo del puente. Esa mañana no volverá a ser la misma: de un punto al otro del puente apareció el horror en su rostro más atroz, más despiadado, más brutal.

La nota del 8 de agosto de Pablo Ferri, en el periódico español El País, da cuenta de ello: “Todo el horror de México se concentra en una calle de Michoacán”. Ahora también lo sabemos nosotros: todo el horror corre de un lado al otro del puente. El perro mueve ahora la cola. Uno de los inmóviles cuerpos deja, sorpresivamente, caer uno de sus brazos. Es un títere en un país cuya seguridad es de juguete: acartonada.

Y tras de las monstruosas escenografías vuelvo a la nota de El País: “El bulevar industrial del municipio de Uruapan ha amanecido sembrado de cadáveres, unos troceados, otros colgados de un puente, el resto tirados”. Ahora sabemos por qué se encuentran los cuerpos en nuestro puente. Si de un lado al otro del puente corre la realidad para transformarse en ficción, estamos en un momento donde en realidad ya no sabemos qué es lo que ocurre, cuánta culpa debe recaer sobre un hombre para ser asesinado y luego expuesto como carne en la mosqueada vitrina de cualquier carnicería de mercado.

De un lado al otro del puente también corre la semántica de las palabras y el empleo que hacemos de ellas para construir una realidad que proviene, en una primera instancia, de las imágenes. Voy tras dos de ellas. Septiembre 2006: cinco cabezas humanas. Alguien las avienta en un bar. El nombre del bar es por demás emblemático: Luz y Sombra. A partir de este momento, el presidente Felipe Calderón inicia la guerra contra el narcotráfico. ¿Adivinan? Los soldados llegan a Michoacán. Calderón es de Michoacán; por lo tanto, no va a permitir que se metan con su pueblo, con su gente. Un orgullo estúpido que está por conducir al desastre a todo un país. En esos momentos Calderón no lo sabe: es un niño perverso que juega a las guerritas sin importarle mucho llevarse cadáveres entre sus piernitas.

Aparecen 19 cuerpos colgados y desmembrados en Uruapan (El Regional del Sur)

Cabezas. En 2006, la semántica del horror nos hablaba de cabezas y sentíamos el impulso de correr a través del puente, llegar a la mitad y saltar lo más pronto posible. Si se hablaba de cabezas en las noticias la nota era terriblemente espectacular. No sé si en ese año se sitúa la semántica y el discurso del narcotráfico, pero sí me queda claro que en ese año alguien te decía que habían encontrado una cabeza humana y pensabas en algún tipo de sacrificio bestial fuera de toda comprensión. Cabezas. Debe existir algo realmente significativo en la cabeza. Algo que las hace tan llamativas para los narcotraficantes. Quizás en su absoluta ignorancia una mínima luz les indica que en las cabezas es donde se generan las ideas. No sé. De las cabezas pasamos por varios recorridos a través de nuestro puente hasta que llegamos a la segunda palabra que llama mi atención: troceados. Hago un poco de memoria: ni en las contiendas más bravías y sangrientas del Cid Campeador creo haber encontrado tal palabra. Troceados. En estos momentos me detengo y lo discuto con una amiga que sabe mucho de palabras. Me explica la diferencia entre desmembrados y troceados. Desmembrados: un brazo. Una pierna. Una mano. Por aquí. Por allá. La concepción que se tiene del cuerpo humano aún es total, de tal manera que cuando se decide separarlo se toma la medida de cada parte.

Troceados. Alguien se toma todo el tiempo del mundo para tomar ese brazo, esa pierna, esa mano y hacerla trozos. Hasta antes de la nota de El País solo había escuchado la palabra troceado aplicada al pollo o a la carne, principalmente a la de cerdo. Póngamelo en trozos. Así lo pido. Intenten imaginarse la escena por muy atroz que les parezca: entra un hombre y da las indicaciones. Eso de desmembrar ya está pasado de moda lo mismo que las cabezas. Pónmelo troceado. ¿Quién se atreve a obedecer tal orden?

El narcotráfico tiene su propio lenguaje. Para ellos hay palabras que son de uso común. Palabras que quizás nosotros jamás lleguemos a utilizar ni de un lado ni de otro del puente. Ahora el perro se retira. Se trata de hombres cuyos procesos para enfrentarse al mundo están desarraigados de cualquier tipo de sensibilidad. Se trata de obedecer las órdenes para salvaguardar tu vida y la de tus familiares.

Hasta hace algunos años esos mismos hombres eran creyentes. Fieles a la virgen de Guadalupe. Fieles a Dios. Y hasta se daban el espantoso lujo de edificar mausoleos cada que un gran amigo fallecía. A partir de lo que alcanzaban a comprender de la religión en la que creían era que construían parte de su realidad. Como persignarse al salir de casa para que el día vaya bien. Como persignarse frente a una iglesia. Al creer en un Dios seguían muchos de los preceptos que giran en torno al mismo y no dejaban pasar la oportunidad para compartir con los suyos las festividades. Las fiestas de bautizo. Las fiestas de primera comunión. Las bodas. Si la concepción que tenían de la religión era, por así decirlo, “primitiva”, creían en un ser superior cuya omnipresencia los hacía reflexionar acerca del mal y del bien. Hasta entonces buena parte de la concepción de su mundo se regía por mecanismos maniqueístas. Sus únicos procesos morales eran la fe (entendida como ellos la querían entender), los dogmas (entendidos como ellos los querían entender) y marcar una gran diferencia entre hacer el bien y hacer el mal. Eran tiempos en que en nuestro puente se situaba de un lado el bien, del otro el mal, y en medio estaba todo lo malo del mundo. Seguro que se sabían más de un rezo. Esos hombres. Seguro que persignaban a sus esposas o a sus hijos antes de salir de casa. Muchos de ellos aún portan en los cuellos cadenas y crucifijos de oro: la asociación “primitiva” es que entre más costoso sea el objeto religioso, mayor será la intercesión que Dios haga de ellos cuando fallezcan. Lo supongo.

En el caso de la muerte quizás hasta la fecha creen en un más allá. Ese sitio a donde llegan las almas una vez que están en paz con Dios. La transitoriedad del alma. Tenían alguna comprensión de ella. Muy vaga, quizás. El temor estaba presente como una constante en sus vidas. Porque si haces el mal alguien “superior” te castiga. Porque si haces el bien alguien “superior” te recompensa.

Hallan 19 cuerpos en diversas partes de Uruapan (ADN)

Cómo es que estos hombres pierden absolutamente el control sobre sus acciones y ejecutan acciones que solo son explicables si se ponen al lado de lo más oscuro que es el ser humano. En qué momento estos hombres dieron el salto para convertirse en seres irreflexivos que lo mismo cortan una cabeza que trocean a un hombre o que lo suben a un puente. En qué momento aprendieron el lenguaje del horror. Porque nos queda claro que de un punto a otro del puente el mensaje es el mismo: el horror. Y el miedo. Porque más que aliviarnos porque son rencillas entre grupos dedicados al narcotráfico (que se maten entre ellos) el puente nos está enviando ahora mismo un mensaje a nosotros, a los que como sociedad hemos permitido que la semántica del horror se desarrolle en todo lo largo y ancho del puente.

A ellos, a esos hombres hace mucho los perdimos. Ya no hay manera de recuperarlos. Tal vez muertos. De hecho, no nos deberían preocupar tanto si es que no fuesen de un lado al otro del puente cometiendo los crímenes más atroces. Pero nosotros. Más allá de las responsabilidades que debe asumir un gobierno que al parecer no sabe cómo enfrentar la situación porque sencillamente el crimen organizado los está rebasando, ellos dan cinco pasos cuando en las medidas del gobierno apenas andan a gatas.

Nosotros, ¿en qué hemos fallado como sociedad? ¿Cómo es que consentimos que el país se volviera un gran campo de guerra? Ni siquiera se trata de repartir culpas sino de asumir las nuestras, las propias, las que generamos desde el espacio donde a diario nos movemos, con nuestras familias, con nuestro ambiente laboral, con nuestra pareja, con nuestros hijos. ¿Qué mensaje estamos enviando a los más pequeños? No sólo eso: ¿qué país es el que les vamos a dejar?

Nos hemos fallado. La clase inteligente del país lo ha hecho. Procuramos desatendernos de las víctimas, hacer un poco de ruido en Facebook y volver a nuestra anodina vida. La clase política. Esa lleva muchos años fallando a un país que a su vez la consiente, la tolera, soporta que se caguen encima de él. Le hemos fallado a los cientos de periodistas asesinados en México porque su muerte no sirvió para nada y porque, contrario a lo que creíamos, los asesinatos de periodistas continúan. Nos hemos fallado. Las estadísticas recientes muestran que el 2019 es el año más violento para México con una taza de cien homicidios por día. Si alguien viniera y nos diera la noticia de que en su país se asesinan a setecientas personas a la semana pensaríamos que ese país perdió por completo su brújula y que se encuentra en guerra. Nos hemos fallado porque ni siquiera alcanzamos a comprender que vivimos en medio de una guerra imparable. Nos hemos fallado porque hemos hecho del narcotráfico un espectáculo con series en Netflix que enaltecen la vida de los narcotraficantes, las armas, el poder a costa de miles de vidas humanas. Vamos bien: muchos de los niños ya no crecen queriendo ser el Hombre Araña, ahora quieren ser El Chapo y salir con Kate del Castillo. Nos hemos fallado porque desde hace muchos años perdimos la sensibilidad frente al otro. Nos hemos fallado porque nos encerramos en nuestro caparazón donde la inmovilidad es la mejor clave para mantenerse a salvo. Desde ahí los “mientras no se metan conmigo”. Desde ahí los “lo bueno es que sólo se matan entre ellos”. Desde ahí “eso les pasa por andar en el narco”. Mientras no lleguen por ti o por algún familiar tuyo nos hemos fallado.

SOS: este es un llamado de una sociedad que ha fallado. Como sociedad ya nos hemos perdido, caminamos a ciegas, tropezamos con muertos que cuelgan de nuestro puente y esperamos a que pasen los días porque seguramente la localización de más muertos borrará a los anteriores y así sucesivamente. SOS: somos un país en guerra. Por favor, que alguien venga a ayudarnos. Por favor, que alguien ponga al menos en orden las cifras de los muertos. Por favor, que alguien venga a rescatarnos. Somos los restos de un gran barco que ahora mismo va a la deriva. SOS. Un gran barco que se dirige con lo poco de su fuerza contra el puente. Es el fin.

FOTO Portada Masacre en Uruapan: CJNG dejó 19 cuerpos mutilados y colgados (Infobae)