La salud de los escritores mexicanos

El ayuno de los poetas mexicanos es admirable. Pueden fumar cinco cigarrillos antes de consumir algún alimento. Pueden incluso beberse más de una caguama antes de consumir algún alimento. Pueden incluso leer algún canto de Ezra Pound antes de consumir algún alimento. En India ya los habrían consagrado como algún tipo de deidad

POR Óscar Garduño Nájera

 El ayuno de los poetas mexicanos es admirable. Pueden fumar cinco cigarrillos antes de consumir algún alimento. Pueden incluso beberse más de una caguama antes de consumir algún alimento. Pueden incluso leer algún canto de Ezra Pound antes de consumir algún alimento. En India ya los habrían consagrado como algún tipo de deidad

 No es algo que deba preocuparme. Ni siquiera es algo de lo que me toque hablar. Pero tengo muchos amigos que son escritores y, aunque ellos no lo crean, me preocupo por su salud a diario.

¿Por qué nadie habla de la salud de los escritores? ¿Por qué se da por sentado que tienen una salud de hierro y que sólo les hace falta volar para ser súper héroes? Es como si creyéramos que los escritores son inmortales. Como Munra: que salen de su sarcófago para presentar su último libro y regresan luego de la presentación, se meten y ahí se conservan por los siglos de los siglos hasta que llegue el momento de otra presentación.

Alguien tiene que preocuparse por la salud de los escritores. No hemos pensado en ello, pero a la larga representarán un problema de salud pública para el Estado. ¿Qué haremos cuando envejezcan y ninguna institución les ofrezca sus servicios? ¿Dónde los pondremos? Ellos no piensan en el futuro más allá de anhelar la fama a través de sus obras literarias; nosotros, como ciudadanos, deberíamos pensar en su futuro respecto a su salud.

Conozco a muchos escritores. Si lo aclaro no es por presunción o para dar a entender que mis capacidades de sociabilizar no alcanzan para más. Pero los conozco. Con el paso de los años (esta frase la empleo porque ya soy viejo, lo sé) he visto, además, que la complexión de los escritores mexicanos se relaciona directamente con el género literario al que se dedican, o al que dicen dedicarse, o por el que dan sentido a sus vidas.

Sin embargo, si existe un factor que es determinante en la mayoría de los escritores es que son “gorditos”, así, en diminutivo, porque no alcanzan la categoría de “gordos”.

Los novelistas

Los escritores mexicanos se han tragado el cuento desde el principio. Les dijeron que una novela se escribe con muchas horas nalga para dar a entender que lleva tiempo y entonces se sentaron frente a la computadora durante meses, se dedicaron a escribir, pero también a llevar una vida sedentaria similar a la de cualquier burócrata y a engordar. La producción literaria del novelista es directamente proporcional a los kilógramos que el novelista tiene de más. Aunque hay algunas excepciones: son las de aquellos escritores que en lugar de comer, beben, que en lugar de comer, fuman. Estos son delgados, peligrosamente delgados. Los kilógramos es algo que se puede comprobar fácilmente cuando vas a la presentación de una novela, ves al autor, quizás hasta te tomas una fotografía con él, dejas pasar unos cuantos meses, vuelves a ir a la presentación de su enésima novela, te vuelves a tomar una fotografía con él y compruebas cómo le ha crecido la barriguita, cómo se le han sumido las nalgas de tanto estar sentado.

4k Bw Confused Senior Man Stock Footage Video (Shutterstock)

Hay novelistas mexicanos que a través de sus redes sociales presumen sus obras literarias y sus gustos culinarios. Ellos creen que nos importa lo que comen o dejan de comer. Mi humilde consejo es que no lo hagan. Deberían pensar que ellos como autores mexicanos son un referente directo para la juventud que los sigue y pensar en el mensaje que envían a través de sus muros de Facebook: “Quieres ser buen escritor, atáscate de triglicéridos”. “Quieres ser buen novelista, atáscate de azúcar”. Antes de presumir lo que desayunan y comen piénsenlo dos veces, por favor. Antes de recomendar la taquería o el puesto de quesadillas también. No nos engañan: cuando nos dicen que debemos ir a tal evento cultural es porque ustedes se han enterado de los grasosos bocadillos que se darán al final y no el evento en sí.

Aquí el discurso ha cambiado drásticamente respecto con el que se generaba en la década de los noventa. En ese entonces los escritores, sobre todo los novelistas, no presumían la comida, sino la bebida, y entre más borrachos, creíamos que eran mejores escritores. Se presumía también el nombre de cantinas. El de hoteles de paso. La comida quedaba de lado frente a la botella de clásico whisky porque también nos habían vendido la idea de que un novelista, poeta, escritor o cualquier ser relacionado con las letras no podía prescindir del whisky, y si no te gustaba el whisky al menos recurrías a él de manera ornamental para las fotografías, las cuales son nuestro siguiente punto.

Al menos procuren sumir la panza. Contener la respiración. Háganlo si van a subir fotografías de cuerpo completo a sus redes. Insisto: es el mensaje que envían. Tanto ustedes como yo sabemos de la tradición de los escritores gorditos en la literatura universal. Pienso ahora mismo en la prominente barriga de Chesterton. Pienso en la barriguita de Paz. En la de Ibargüengoitia. Fuentes es un caso aparte: siempre lucio escultural, no era precisamente un modelo de revista de modas, pero conservaba su figura.  Pero eran otros tiempos. De hecho Chesterton explica en una conferencia que su barriga es consecuencia de su gusto por la buena cerveza; también hace una aclaración: “No es que sea gordo, lo que pasa es que mi voz se amplifica a través de mi estómago”. Y hay muchas fotografías de cuerpo completo de él. Pero hablamos de Chesterton. Hay una gran diferencia entre “gorditos” y “gordo”.

En cambio, cuando vemos la fotografía de un escritor mexicano gordito que presume su nueva novela en Facebook sabemos que a la siguiente novela lo veremos más gordito, y a la siguiente más, porque en literatura pareciera que la experiencia la determina los kilógramos que tengan de más.

Amigos novelistas: cuiden su figura al menos cuando suben sus fotografías de cuerpo completo. Actualmente existen más de un millón de aplicaciones para sus fotografías. Cambien la intensidad de la luz. De los colores de la ropa. Y si ni así consiguen disimular la barriga al menos pidan que les tomen la fotografía del pecho hacia arriba. Sí, poco se puede hacer con los cachetes y la papada, pero al menos el mensaje no es tan directo, se los aseguro. Hablamos del mensaje que envían, pero también hablamos, y esto es lo más importante, de su salud: nadie en sus cinco sentidos los quiere ver con diabetes o con enfermedades coronarias.

Los cuentistas

En México cada vez son más escasos los escritores que escriben cuento por lo que prescindiremos de ellos y de su complexión. Sólo diremos que los que comienzan siendo cuentistas acaban siendo novelistas, por lo que aquí se aplica el punto anterior.

 Los poetas

Jaime Sabines: “Encerrados ahora en el ataúd del aire” (Nexos)

Delgados. La poesía es el género literario que más se asocia con las penurias económica. Si a un novelista le cuesta un huevo y medio (hablamos de la dieta) que le publiquen su novela, a un poeta le cuesta los dos y varios días de hambre. Supongo que el hambre que padecen se asocia a la inspiración. Porque quien padece hambre puede alucinar: una gran experiencia poética. Además, los poetas se inmolan con tal de conseguir el verso perfecto, el sonido, el poema. Que los demás comunes y mortales se preocupen por comer a sus horas, ellos pueden prescindir de los alimentos y ofrecer su ayuno a la literatura. Van de allá para acá con sus escuálidas figuras.

Una pertinente observación: en todas las presentaciones de libros de poesía debería haber equipos de escuadrones de emergencia. Créanme que serían de mucha ayuda. No para la poesía, sino para los poetas.

El ayuno de los poetas mexicanos es admirable. Pueden fumar cinco cigarrillos antes de consumir algún alimento. Pueden incluso beberse más de una caguama antes de consumir algún alimento. Pueden incluso leer algún canto de Ezra Pound antes de consumir algún alimento. En India ya los habrían consagrado como algún tipo de deidad.

Respecto a las fotografías de poetas, no hay ningún problema. El mensaje que envían a los jóvenes es que para escribir se debe estar delgado. Es, hasta cierto punto, adecuado. Al menos para los servicios de salud. Procuren, sin embargo, seguir las siguientes recomendaciones:

  • Eviten salir borrachos. Véanlo de esta manera: la publicidad no es para su poemario, ni para su poesía, ni para sus versos; es, tristemente, para los grupos de AA, quienes seguramente se valdrán de sus fotografías para advertir de los daños que trae el beber desmedidamente alcohol, o caguamas, o mezcal… o leer poesía.
  • Eviten fingir sonrisas. Lo sabemos: la poesía es de lo más castigado en el mercado editorial. Pero nadie los obligó a volverse poetas. Al menos que crean en eso del destino. Así que asuman la responsabilidad de sus decisiones y no finjan sonreír cuando más bien tienen ganas de llorar. Si van a llorar, háganlo, es una de las actitudes más honestas que un poeta puede tener frente al lente de la cámara.
  • Eviten presumir en las fotografías sus poemarios porque sabemos que no los ha comprado ni su hermana, ni su novia, ni su madre. Es triste, lo sabemos, pero más triste es que nos quieran engañar cuando aparecen con el libro en el pecho, como si se tratase de la banda tricolor, dándonos a entender que se ha vendido mucho, cuando en realidad los testigos de Jehová regalan más folletitos que usted vende su poemario.

Excepciones: conozco muchos escritores que son la excepción. Unos son budistas. Otros hacen yoga. Otros hacen las dos cosas. Algunos salen a correr todos los días. Otros son mahometanos. Algunos más acuden a centros espirituales, comen verduras, las presumen en sus redes sociales y es el mensaje que mandan a una juventud desesperada. De ellos no voy a hablar porque están del otro lado. Cuidan mucho su figura, me consta, y también cuidan su literatura, salvo algunas excepciones de las que tampoco voy a hablar. En muchos casos se trata de escritores vegetarianos que no beben alcohol y que cuentan las calorías de cada alimento que consumen.

Son los tiempos que nos tocan, por supuesto. Cuando Juan Rulfo, cuando Jaime Sabines era impensable hablar de la salud de los escritores. Los veíamos con el cigarro entre los labios y jamás nos imaginábamos que podían morir de cáncer en el pulmón. Los veíamos frente a una cuba libre y jamás nos imaginábamos que podían morir de cirrosis. A lo mucho nos imaginábamos que morirían de poesía y con dosis de luna. A lo mucho nos imaginábamos que morirían en Comala y luego de escuchar ladrar a los perros.

Ignoro cuáles son las prestaciones a las que tiene acceso un escritor. Supongo que si reciben algún apoyo por parte del gobierno la institución que se encarga de su salud es el ISSTE. Sin embargo, muchos escritores se resisten a acudir a consulta por los tiempos de espera. Deben de pensarlo más, procurar por su salud, porque a fin de cuentas la escritura de México y la cultura los necesita sanos y salvos y ni toda la literatura ni todo el éxito literario que puedan tener los volverá inmortales, se los aseguro.

FOTO Portada: 100+ Emotional Images (Unsplash)