Poetisas feas, poetas guapos

Los poetas jóvenes nos han ganado terreno y ahora ellos son los que se quedan con las mejores chicas, que no las inteligentes, sino las que mejor llenan los vestidos, las medias, los escotes. No importa lo que leas ni cómo lo leas. No importa si vas en chanclas o de zapatos para baile de XV años. Tienes barba. Eso sí importa

POR Óscar Garduño Nájera

Los poetas jóvenes nos han ganado terreno y ahora ellos son los que se quedan con las mejores chicas, que no las inteligentes, sino las que mejor llenan los vestidos, las medias, los escotes. No importa lo que leas ni cómo lo leas. No importa si vas en chanclas o de zapatos para baile de XV años. Tienes barba. Eso sí importa

Hay ciertas inquietudes que me surgen con el paso de los años. Cuando tomo mis medicamentos creo que es la vejez. Cuando orino de manera irregular creo que es la vejez. Cuando me enamoro de chiquillas de veinte creo que es la vejez. Muchas de mis inquietudes actuales son de carácter sexual. Otras más de carácter filosófico y sexual. Y algunas de mis inquietudes son de carácter literario y sexual. Al menos dos de ellas. Por ejemplo, los poetas jóvenes. Los que deben andar entre los veinte y los treinta años. He llegado también a una edad donde me preocupo por mis preferencias sexuales y mis preferencias sexuales se encargan de quitarme el sueño.

A los de mi edad (tal frase significa que envejezco, lo sé) nos tocó una generación literaria donde por lo regular los poetas eran feos. Las poetisas, por el contrario, eran hermosas. No importa si escribían buenos poemas o mediocres poemas, ese no es el punto al que quiero referirme, sino a que entre poetisas y poetas había un equilibrio aristotélico entre belleza y fealdad.

Si asistías a una lectura de poesía (eventos que se daban con la misma asquerosa frecuencia que hoy en día) lo hacías con el entusiasmo de ver a las poetisas hermosas. Iban de allá para acá. Contoneándose. Algunas de ellas con libros de Simone de Beauvoir bajo el brazo. Unas más con sus Moleskine rositas. Casi ninguna con algo de Sor Juana. Insisto: más allá de si escribían poemas buenos o poemas mediocres.

Los poetas, por el contrario, eran feos. Parecía que los habían sacado de algún cuento de terror de Guillermo del Toro. Había excepciones: los poetas cuyas inclinaciones eran homosexuales. Muy cuidaditos ellos. Con muy buen porte ellos. Perfumados de oreja a oreja. Algunos de ellos con libros de Salvador Novo bajo el brazo. Otros más con algún imperdible de Carlos Monsiváis. Y uno que otro con algún compacto de Juan Gabriel en la bolsa del saco de tweed rosa bermellón. Muy bien vestidos. Muy bien peinados. Sobre todo: poco borrachos. Pedían cierto tipo de bebidas: ¡whisky ni pensarlo!, anís, por favor. Una copita o dos de tequila de buena marca. Cacahuates o papas fritas del tazón… ¡jamás! Tenían que cuidar la figura.

Los poetas eran feos y además muy borrachos. Pero borrachos conscientes. Y literarios. Siempre tenían un buen argumento para justificar embrutecerse con el alcohol. Pienso en Eusebio Ruvalcaba y sus constantes referencias literarias (y alcohólicas) a José Revueltas. Pienso en Carlos Martínez Rentería y sus constantes referencias a… bueno, Carlos es autorreferencial y es un alcohólico que no necesita justificar ni su alcoholismo ni su fealdad. Pienso en Gerardo de la Torre y sus referencias literarias a Malcom Lowry. Y para los demás siempre estaba Bukowski. Una que otra anécdota de Scott Fitzgerald. Algún verso de Raymond Carver. En fin: quien haya leído unas cuantas biografías de grandes autores se dará cuenta que la literatura es de las artes donde más se justifican los excesos de toda índole. Y si en algún momento se acababan las historias literarias para justificar el alcoholismo se recurría a los vernáculos hijos de la patria: José Alfredo Jiménez en primer lugar. José José y su hasta el infinito y más allá tristeza. Pedro Infante con chifladito desafinado incluido.

Muchos eran poetas que no eran borrachos por enfermedad o porque sí: mantenían un equilibrio aristotélico entre su fealdad, su borrachera y sus conocimientos poéticos. Y entre más borracho, más feo el poeta, pero más sabio, también.

14 Consejos para escribir: Ernest Hemingway, Saquen una Pluma Dramaturgia Rodante

saquenunapluma.wordpress.comComo hoy en día, hace algunos años se hacían eventos culturales chafísimos. Quiénes eran los que se quedaban con la mayor parte del presupuesto es tanto como saber quién mató en realidad a Colosio o a JFK. Pero había eventos auspiciados por una Secretaría de mafiosos que se hacían pasar por amantes de la cultura.

Y había también lecturas de poesía donde nadie entiende un carajo y son pocos los que entienden porque en la mayoría de las ocasiones hay dos o tres personas. Lecturas de poesía más cercanas a terapias grupales. Lecturas de poesía de flojonazos que no se buscaban un trabajo porque iban a vivir para su poesía, aunque nadie les entendía un carajo. Lecturas de poesía rancias, con melcocha de Joaquín Sabina o Silvio Rodríguez, revolucionarias, aunque al final se optaba por cenar en el McDonald’s más cercano. Lecturas de poesía donde todos aplaudían y se zombificaban a las palabras del poeta.

En ocasiones los poetas invitaban a las poetisas a leer sus poemas no porque los poemas de las poetisas fuesen buenos, algunos de ellos me consta que no lo eran, sino porque para los poetas la presencia femenina era algo así como las flores en el jarrón de barro de Tlayacapan. Era un fenómeno literario muy bien definido. Ni las poetisas ni los poetas se quejaban. Así funcionaba. Punto.

Hoy las cosas han cambiado por completo. No sé en qué momento surgió la cultura de lo saludable y a medio mundo le dio por comer más sano, bajar de peso, dejar de fumar, hacer spinning, correr, caminar, sacar a cagar al perro, lavar a mano, beber mezcal y pulque, y pagar por tus propias ediciones, aunque éstas parezcan agendas de regalos navideños de carnicerías o pollerías.

Las poetisas, por su parte, también comenzaron a ganar terreno en lo literario y muchas de ellas comenzaron, también, a descuidar su hermosa figura, a dejarse engordar a falta de novio o luego de tener dos hijos, a dejar de maquillarse luego de convivir con académicas lesbianas: estos fenómenos socioliterarios eran directamente proporcionales a su escritura: entre más kilogramos y más fealdad era mucho mejor su poesía. Respecto a los poetas las cosas se pusieron peor. El mundo enloqueció. Al menos una buena parte del mundo de la literatura mexicana. Sonó la alarma. Para mí sonó. The horror.

Se puso de moda la barba. No me pregunten por qué ni cómo. Un día estábamos sin barbas y al otro día ya hasta había centros exclusivos para su cuidado con nombres rimbombantes. Las barberías aparecieron como las nuevas estéticas de los jóvenes poetas que dejaron de comprar ediciones completas de poesía para recibir masajes en los pelos.

Demonios. Te la cuidaban lo mismo que le cuidan el pelo a los perros en la veterinaria. Sacaron soluciones para que te creciera. Un día veíamos a nuestros padres cortarse las barbas, darnos sermones acerca de la higiene en el rostro, rasurarse con la delicadeza de un afilador de cuchillos para ir al trabajo y al otro día te embarrabas en el rostro mierda, chile, papaya, melón, lodo y remedios que te vendían carísimos en internet con tal de que te crecieran apenas unos cuantos pelitos, como de los que aparecen en la colita del pollo.

Algunos de los jóvenes poetas se dieron a la tarea de cuidar más de su barba que de su poesía. Algunos de los jóvenes poetas se dieron a la tarea de cuidar más de su barba que las mujeres de aquella belleza que a tantos cautivó. Y aquí el mundo volvió a enloquecer.

¿Por qué las mujeres prefieren a los hombres con barba? (Soho)

La barba para los poetas. La fealdad para las poetisas. Si te salía de manera decente tenías un paso ganado en la guerra de la moda. La barba. Hay una trampa tras tantos pelos: la barba oculta muy bien la fealdad o la belleza del rostro en su más pura expresión. Por eso se la dejan bien abultada los que tienen el rostro lleno de cicatrices de acné. Por eso se la dejan bien abultada los que son cachetones. Pero se puso de moda. La barba.

Entre los jóvenes poetas fue la sensación. Ignoro los mecanismos exactos, pero la barba daba, a quien la trajese puesta y colgando, un cierto tufillo de intelectual. Supongo que aquí hay cientos de referencias históricas. No me interesan. Al menos no de momento.

A mí me jodió la existencia la modita de la barba. Porque no sólo no me crece ni aunque raspe mi rostro con piedra pómez (intenté con mierda de vaca, con chiles serranos desflemados, con té de manzanilla con mezcal, con trozos de carbón, con pasta de dientes, con mierda de perro, con gelatina de fresa), más allá de unos cuantos pelitos canosos que ni siquiera se aproximan al bigote de Frida Kahlo, sino porque tampoco soy intelectual y tampoco escribo poesía y mucho menos soy una joven promesa de la literatura mexicana.

Una vez que se rompió el equilibrio de aquel mundo que nos parecía hasta cierto punto perfecto, los papeles se voltearon catastróficamente, por lo que actualmente acudes a una lectura de poesía y te admiras, y te preocupas mucho una vez que te admiras, frente a la belleza griega de los jóvenes poetas. Tanto se cuidan que comen verduras, pasto. Tanto se cuidan que beben cerveza artesanal. Ya no tienen el sobrepeso que antes definía muy bien la figura del escritor y del poeta. Pienso en Chesterton. Pienso en James. No en William sino en Henry.

Consiguieron que fumar se volviese una actividad tan dañina para el medio ambiente y para la salud que está a la espera de ser aprobado como uno más de los pecados capitales. Consiguieron miles de toses cuando enciendes un cigarro. A los fumadores se nos recluyó a oscuros sitios apestosos a orines o a azoteas que nos decían eran elegantes terrazas. Hoy te miran como cucaracha si se te ocurre encender un cigarro en una lectura de poesía. Si no es marihuana e hidropónica lo mejor es que salgas de aquella lectura. Un apunte al margen: la marihuana volvió a adquirir el mismo prestigio que ya había tenido durante la década de los sesenta porque, contrario al cigarro apestoso y dañino para los pulmones, es verde, muy ecológica (al menos eso dice el que nos la vende) y más cercana al poético verde que te quiero verde de Federico (no del pacheco sino del poeta español).

Actualmente, la mayoría de los jóvenes poetas son atractivos, sexys, galantes; por el contrario, muchas de las poetisas son feas, obesas: en la concepción que tienen de su feminismo dejarse el bigote, que no la barba, es empoderarse; en la concepción que tienen del feminismo subir de peso y meterse en una falda semejante al culo del universo antes de explotar es empoderarse; en la concepción que tienen de su feminismo llegar vestida como miserable a una lectura de poesía y leer en voz alta como la loca de los gatos es sinónimo de calidad y… de empoderarse. Qué absurdo.

Los poetas jóvenes nos han ganado terreno y ahora ellos son los que se quedan con las mejores chicas, que no las inteligentes, sino las que mejor llenan los vestidos, las medias, los escotes. No importa lo que leas ni cómo lo leas. No importa si vas en chanclas o de zapatos para baile de XV años. Tienes barba. Eso sí importa. Y si agregas lentes de pasta… ¡la puta locura!

Punto: estoy pasado de los cuarenta y sé que nunca es tarde para definir mis preferencias sexuales de la mejor manera: en torno a la literatura. A la poesía mexicana. Quizás por eso hoy por la mañana he hecho un juramento: no volver a aparecerme en una lectura de jóvenes poetas y poetisas. A riesgo de cambiar mis preferencias sexuales. A riesgo de que me rompan el corazón.

FOTO Portada: Poetas 1 Sea feliz con Walt Whitman (La Vanguardia)