José José: reconciliación sentimental

No me hice borracho gracias a ti, pero tuve borracheras infernales cuando el tono de tu voz se aparecía. No fui de los que dedicaban tus canciones a amores desgraciados y rotos, aunque cuando el alcohol calentaba la sangre repetía las letras de tus canciones como mantra en busca de paraísos de alcohol y reconciliación sentimental

POR Óscar Garduño Nájera

No me hice borracho gracias a ti, pero tuve borracheras infernales cuando el tono de tu voz se aparecía. No fui de los que dedicaban tus canciones a amores desgraciados y rotos, aunque cuando el alcohol calentaba la sangre repetía las letras de tus canciones como mantra en busca de paraísos de alcohol y reconciliación sentimental

Si no le lloraste a grito pelón a alguien en la madrugada, seguramente eres de los que se ponen hasta la madre con Viña Real de uva o Caribe Cooler de durazno y se la curan con una guajolota de chilaquiles verdes y una Coca dietética; si no lo hiciste con alguna rolita de José José seguramente eres de los que ni siquiera alcanzan a llegar a la madrugada cuando la peda lo amerita, los que se quedan dormidos en la silla o en la taza vomitada y cagada del baño.

Peor aún: si crees que buena parte de las canciones de José José son cursis y amelcochadas, no te has enculado ni has sentido pasos en la azotea de tu búnker corazón a prueba de balas: no mereces que José José te prepare las cubas; anda, corre, sírvetelas tú mismo, discapacitado emocional. Por eso, aunque The Prince era del populacho y para el populacho, en realidad no era para cualquier don o doña.

En medio del auge de infelices reguetoneros rapados a coco y con cadenas de oro más falsas que las tetas de la hija de Alejandro Lora, José José despuntaba como uno de nuestros últimos samuráis: aquel hijo de la patria mexicana que ofrendó su vida para sanar a los que se dolían de penas amorosas, pasionales, homosexuales, infieles, traicioneras, incestuosas: hijos de la lujuria cachondera de una Nave del Olvido que en lugar de cruzar el mar Egeo cruzaba cualquier zona chinampera de Xochimilco mientras en una grabadora gabacha se daba la vuelta al tape y luego del play se escuchaba un Gavilán o paloma que se quedó en simple pájaro aventurero y desplumado que fue a caer en la zona más nice de Miami para curarse de un alcoholismo del que nunca debió haberse curado porque así es como se manufacturan las leyendas: a madrazos personales, a tropezones, a lo Miles Davis y a lo Javier Solís, excesos y excesos lúdicos, propagandísticos de marcas de ron o de  mota. Remember Hendrix, Cobain, José Alfredo Jiménez, Winehouse, Revueltas, Lowry.

En lo personal, considero que The Prince se murió ya tarde y, sin embargo, le alcanzó todavía para ser un mito nacional tan auténtico como una caguama Corona banquetera frente a cualquier infeliz cerveza artesanal. José José hizo de su vida una leyenda, la constituyó así, hasta que decidió regenerarse y defraudar a los que Bacachá en mano lo seguíamos. No hay nada más doloroso luego de prepararte una buena cubita y armarte de unos Karate enchilados que ver en la TV cómo tu ídolo se desploma; y si antes The Prince se paraba frente al micrófono más cargado de coca y ron que una lancha por Oaxaca en medio de cualquier tenebrosa noche, ahora te hacía una invitación: amar y confiar en Dios. Fue uno de sus primeros desplomes: te perdimos, Príncipe, frente al Don de las alturas y generoso Chucho que, según repetías y repetías cada que te preguntaban cómo habías conseguido librarte del alcoholismo, te salvó de vivir en un infierno.

Ya para entonces se te había hecho tarde: si te hubieses muerto antes de tocar las puertas del cielo con tu cristianismo habrías ocupado un lugar en el pódium de los ídolos que reniegan del arrepentimiento, que se mueren como viven y que el único mensaje que buscan transmitir, en realidad no buscan transmitir un carajo, se encuentra en sus distintas manifestaciones artísticas, más allá del bien y del mal, más allá de las crudas y el tercer pompeyo de Bacachá añejo y Sabritas adobadas con limón y sal.

No te vamos a extrañar, Rey de Reyes, al menos yo no lo voy a hacer porque ni siquiera de mi familia eras y ni amigos fuimos. Tus canciones se quedan entre los mortales, los vulgares y corrientes, los que cabeceamos en las escaleras antes del amanecer, los que conservábamos algo de conciencia sobria cuando aceptábamos que si tú, The Prince, sonabas en el estéreo a todo volumen era porque la peda realmente se había salido de control y ya tan sólo nos quedaba doblar las manos, continuar bebiendo y esperar a que alguien pusiera stop al tape o cambiase tus rolas por unas más movidonas, de esas que si las bailas te ayudan a bajarte el ron.

Cuando cae un ídolo por la patria la gente suele caer en exageraciones. Con tu muerte incluso los que tanto presumían su sobriedad y su estilo de vida más sano que cualquier Buda de barro, se volvieron borrachos, presumieron en sus muros sus falsas cubas y aseguraban ser fanáticos del Bacachá, cuando antes de lo único que eran fanáticos era del agua Evian y de vegetales y de sus posturas de yoga circense.

No podían faltar, también, los que, una vez que se dio a conocer la noticia de tu deceso, el mero mero, The Prince, presumían que te conocían, que les dijiste unas sabias palabras (todo lo que dijiste inmediatamente se convirtió en sabiduría popular), que compartieron contigo una que otra peda o que te vieron etílicamente impedido, gente oportunista que aprovechó tu muerte para quitarte como pellejos un poco de la fama que les pudiste dar de a gratis. Supongo que se trata de la fama. Y tú eras muy famoso, José José.

Yo tengo muchas anécdotas con tus canciones, pero me las guardo porque uno debe ser responsable con sus recuerdos, atesorarlos, guardarlos con chapa en un baúl para cuando lleguen los nietos y se sienten en tus piernas y te pidan que les cuentes algo mientras te meten a fuerzas la papilla de manzana.

No me hice borracho gracias a ti, pero tuve borracheras infernales cuando el tono de tu voz se aparecía. Hasta ahora, no recuerdo haber cantado una de tus canciones en mi juicio. Y supongo que eso me convierte en un fan más. No fui de los que dedicaban tus canciones a amores desgraciados y rotos, aunque cuando el alcohol calentaba la sangre repetía las letras de tus canciones como mantra en busca de paraísos de alcohol y reconciliación sentimental. Y ahí estabas siempre. Eras el bartender de las fiestas y cuando se te hacía la petición dejabas los vasos y las botellas, te parabas frente al micrófono y te ponías a cantar como los grandes. Salud, The Prince, y buen y jodido viaje.

FOTO: Portada Pinterest: Los 10 mejores covers de José José (The Happening ha guardado en Music Hall)