Las contraportadas de los libros

Nadie sabe cómo es que surgieron los textos de las contraportadas de los libros. A quién se le ocurrió la idea. Está bien, no es una idea maravillosa, y tampoco inventó nada, pero supongo que ayuda a promover la novedad literaria en la mesa de novedades literarias

POR Óscar Garduño Nájera

Nadie sabe cómo es que surgieron los textos de las contraportadas de los libros. A quién se le ocurrió la idea. Está bien, no es una idea maravillosa, y tampoco inventó nada, pero supongo que ayuda a promover la novedad literaria en la mesa de novedades literarias

Parece que están ahí incluso antes de la invención de la imprenta. Son como cucarachas debajo de un cochambroso refrigerador que muy pocos lectores toman en cuenta excepto cuando el que escribe el texto de la contraportada de un libro es famoso. Literariamente, se entiende. Entonces sí vale la pena lo que el famoso dice del libro en el texto de contraportada. Aunque no lo haya leído, como veremos más adelante. Aunque su texto para la contraportada parezca extraído de un gigantesco machote: una novedosa maquinaría donde por un lado insertas una hoja en blanco, aprietas un botón amarillo y del otro lado sale el texto de la contraportada del libro.

Hagan el siguiente ejercicio: en este momento pónganse de pie y caminen hasta su librero, ese que tanto presumen en las fotografías de Facebook cada que acuden a una feria del libro; saquen un libro, ¡cualquiera!, uno de su autor favorito (no importa si es mexicano, noruego o nezayorquino), ¿listo? Ahora denle la vuelta y lean el texto que está en la contraportada, ese que por lo regular viene en tipografía distinta para que resalte del color del libro. Despacio… Está bien: no lean todo. Pongan atención, sobre todo, en los adjetivos que se emplean para calificar a ese libro que tienen en las manos. ¿Listo? Ahora saquen otro libro y repitan la misma operación: no hay que ser muy inteligente para descubrir la similitud de los adjetivos con los que califican a esos dos títulos que a ustedes tanto les gustan.

Si son realistas llegarán a la conclusión de que en la mayoría de las ocasiones los textos de las contraportadas no sirven para nada; si no son realistas quizás es hora de que busquen trabajo en una editorial: al menos ya saben qué adjetivos se deben emplear para hablar bien de una novedad literaria.

En ocasiones, los textos de las contraportadas son tan fastidiosas que se citan a sí mismos, es decir, reúnen una o dos citas importantes de lo que se ha dicho del libro en distintos medios y los de la editorial se evitan la flojera de escribir el texto que ocupa el espacio de la contraportada. Mero asunto de edición y de copy paste

Nadie sabe cómo es que surgieron los textos de las contraportadas de los libros. A quién se le ocurrió la idea. Está bien, no es una idea maravillosa, y tampoco inventó nada, pero supongo que ayuda a promover la novedad literaria en la mesa de novedades literarias. A qué mente diabólica se le ocurrió que un desconocido tenía que contarnos de qué va el libro y echarnos a perder la fiesta. Como cuando te cuentan el final de tu serie de Netflix. Como cuando alguien se cree muy listo y te dice en qué va acabar el capítulo de la Rosa de Guadalupe. Y apagas la televisión. Y sales de Netflix. Y mejor ya no compras la novedad literaria. Así son muchas de los textos de las contraportadas.

En otras ocasiones son copias de lo que se dice de la novedad literaria en los boletines de prensa. Otro copy paste útil para fines comerciales. Alguien debería impartir un taller de cómo escribir textos para las contraportadas. Seguro que más de un ingenuo se inscribiría y hasta pagaría por aprender a escribir textos perfectos en su redacción.

Quienes escriben los textos de las contraportadas sacaron diez en lectura y redacción, creyeron que iban a vivir de escribir (porque eso piensan todos los que creen que escriben bien), porque, ¡vamos!, sabían escribir bien y llenaron de abejitas, estrellitas azules y abejorros sus cuadernos de redacción; sin embargo, pasaron los años, envejecieron, engordaron, perdieron pelo y un buen día (o mal día, según se valore) encontraron trabajo en una editorial mediocre donde un editor alcohólico fanático de Juan Rulfo, prepotente y misógino les exige la rapidez en el teclado de la secretaria, la  precisión del relojero, buena redacción y capacidad de síntesis para las novedades literarias que llegan a la mesa de novedades de las librerías.

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Hay un antecedente histórico de los textos de contraportada: los resúmenes escolares. Hace muchos años se nos obligaba a leer un cuento, una nota periodística, una crónica, un capítulo de una novela y luego el maestro nos dejaba de tarea un resumen donde teníamos que hablar de lo más importante, y lo más importante era lo que con muchos trabajos apenas si entendíamos.

Muchos nos hicimos expertos en resúmenes para beneplácito de nuestros padres, orgullosos de que sus hijos sacaran diez en literatura y de que ya se perfilaran como futuras promesas de las letras mexicanas. Y llegó el milagro: los textos de contraportada en ocasiones no son sino resúmenes escolares que escriben los mismos hombres que entregaban puntual la tarea los lunes por la mañana y que desafortunadamente dejaron de ser las futuras promesas de la literatura mexicana.

En otros casos los textos de las contraportadas son infumables. Al parecer quien los escribe y quien los lee están en completo desacuerdo respecto al contenido de la novedad literaria. Y esa novela no es tan grandiosa como se nos asegura en el texto de contraportada. Y ese libro no es lo mejor que le pudo haber pasado a la narrativa mexicana del siglo XX como se nos asegura en el texto de la contraportada.

Por eso es aconsejable quitarle el papel celofán a la novedad literaria y leer al menos el comienzo, pasar unas cuantas páginas, volver a clavar la mirada, llegar a unas páginas de la parte final y luego leer el texto de la contraportada. Es un sano ejercicio que nos hará comprender cómo se prostituye en ocasiones la literatura y la industria editorial.

Los que escriben los textos de las contraportadas buscan vender un producto: son como esas camionetas que venden líquidos para la limpieza de la casa y que van de colonia en colonia con unas bocinotas en el techo de la camioneta donde repiten la marca y el tipo de productos que venden, aparcan en una esquina y esperan a que lleguen las señoras fodongas con sus envases de Coca Cola desechables por su litro y medio de Pinol. Así son los que escriben los textos de las contraportadas de los libros: mienten, saben que lo hacen, en su ingenuidad creen que son creativos, les pagan mal por promocionar un libro que la mayoría de las veces ni siquiera terminan de leer porque sólo quien conoce de cerca los calendarios de producción de una editorial sabe que los que ahí trabajan tienen tiempo para todo menos para leer las novedades literarias.

Cuando se recurre a famosos para los textos de las contraportadas la cosa se pone más fea. Es un acto de fe. Tomamos la novedad literaria entre las manos, le damos la vuelta, leemos y ahí está: la sentencia de nuestro escritor favorito acerca de esa novedad literaria de un autor totalmente desconocido. Y creemos que nuestro autor favorito se tomó la molestia de leer el libro del que habla cuando en la mayoría de las ocasiones son otros los intereses menos los literarios. Los dos autores pertenecen a la misma editorial, por ejemplo. Los dos autores son amigos, comparten cervezas, promesas, desilusiones y amigas. Los dos autores pertenecen a la misma generación literaria o lo que ellos entiendan por generación literaria. Y nosotros compramos el libro por lo que dice nuestro autor favorito en el texto de contraportada. Y luego abordamos el metro, le quitamos el papel celofán al libro, leemos unas cuantas páginas, sentimos codazos, nalgadas, y una señora no deja de exigirnos que le demos el lugar, y justo en ese momento comprendemos que alguien o algunos se dieron a la tarea de tomarnos el pelo: la novedad literaria debería permanecer en la mesa de novedades literarias. Quizás por ello es que con los libros no hay cambios ni devoluciones.

Ya casi llegamos al final. Lo peor que le puede ocurrir a un texto de contraportada es que sea el mismo autor de la novedad literaria quien lo escribe. Y se entiende. De alguna manera se entiende: si nos queda claro que el que más sabe de esa novedad literaria es el autor, puesto que se dio a la tarea de escribirla durante años, de concebirla con esa gran inteligencia, de fanfarronearla con sus amistades, hasta que esa editorial se la publicó. ¿Por qué el editor no habría de solicitarle el texto de contraportada para su propio libro?

Imaginen por un momento la llamada telefónica. El editor habla nervioso, parece que en esos momentos alguien le apunta con una pistola a la sien, lo amenaza y él tartamudea, su frente está perlada de sudor. Dice: ‘necesito que escribas el texto de contraportada de tu libro’. Así, directo. Del otro lado de la línea está el autor de la novedad literaria. Escucha lo que dice el editor y primero se sorprende. Piensa que esa es responsabilidad de la editorial, lo del texto de contraportada. Y así se lo hace saber al editor, quien ya casi siente que jalan del gatillo. El editor le dice que no tiene tiempo para dar explicaciones, que el libro ya se tiene que ir a la imprenta o… aquí le explica lo del calendario editorial al autor, lo de la economía, lo de su trabajo y el riesgo que corre si no saca ese libro. No hay tiempo. Escríbelo como te salga, me lo mandas por correo y acá lo edito. El autor dice que sí porque es casi una condición para que le publiquen. Corre a la computadora, habla maravillas del libro (que hasta este momento sólo él conoce bien), termina el texto y se lo manda al editor. Ya está. Cuando al fin se publica el libro, el autor ve su texto en la contraportada: algo no está bien, es lo que piensa, pero se le olvida luego de la segunda copa de vino tinto durante la presentación de su libro.

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Ahora llegamos a la parte práctica de este asunto, por lo que en el siguiente ejercicio usted aprenderá a escribir textos de contraportada. ¿Listo?

Paso número uno: lea el siguiente texto:

El libro que hoy tenemos entre nuestras manos destaca por su (1). Podemos asegurar que su autor es (2). Nos entrega un libro de (3) que merece el (4) de parte de los lectores que realmente entiendan de (5), por eso es digno de aplaudirse que la editorial (6), en su colección (7) dé a la luz esta novedad que estamos seguros (8) dará mucho de qué hablar.

Juan de las Pitas.

Las sugerencias de Juan son las siguientes:

(1) Brillantez, talento, extraordinaria capacidad para…, prosa perfecta…

(2) Un joven talentoso (1), una joven promesa con una extraordinaria capacidad (1) que posee una prosa perfecta (1).

(3) Cuentos, una novela, de crónicas, de cartas a su novia, informe académico semestral, diario, etc.

(4) Respeto, atención, valoración, esfuerzo.

(5) Literatura, de novelas, de historia de México, de la Segunda Guerra Mundial.

(6) Nombre de la editorial: es un mero recurso publicitario.

(7) Nombre de la colección: es un mero recurso publicitario.

(8) Aunque nadie está seguro en realidad…

FOTO Portada: Cuarta 1 Un arte: edición, solapas y cuarta de forros (www.siempre.mx)