La guitarra de mi padre

Mi padre no era cantante porque no tenía voz para serlo. Su voz era dura, grave, picoteada por los aguijones del cigarro, del café fuerte y de los hielos. Pero si tocas la guitarra la gente que te escucha suele dar por sentado que también sabes cantar. O que al menos te sabes la letra. O que al menos no la harás de karaoke para que los demás canten

POR Óscar Garduño Nájera

Mi padre no era cantante porque no tenía voz para serlo. Su voz era dura, grave, picoteada por los aguijones del cigarro, del café fuerte y de los hielos. Pero si tocas la guitarra la gente que te escucha suele dar por sentado que también sabes cantar. O que al menos te sabes la letra. O que al menos no la harás de karaoke para que los demás canten

 Mi padre y su guitarra. Una guitarra vieja. Ni siquiera sé si es de buena calidad. Sin embargo, para que una guitarra albergue tantos y tantos recuerdos no se necesita que sea de buena calidad: desde donde se encuentra, la guitarra, sirve para que mi padre aún se comunique con nosotros.

Eso no lo supongo: lo aprendí con el paso de los años desde que mi padre decidió partir porque comprendió que era el momento justo. Ni tarde. Ni temprano. Partió en el momento justo. Hay muertos que saben partir con la precisión de un reloj suizo. Y hay enfermedades que también te atacan con la precisión de un reloj suizo.

No sé si mi padre tocaba la guitarra bien o mal. La tocaba con la dedicación y la pasión de un experto. Eso sí lo sé porque lo veía a través de la puerta entreabierta. Supongo que en ocasiones cuenta más cómo toques la guitarra que si lo haces bien o mal. Un maestro de guitarra no estaría de acuerdo con lo que digo y trataría de aleccionar acerca de la técnica, de la práctica, del virtuosismo. Lo que hacía mi padre era más que tocar su guitarra. Cuando mi padre la tomaba entre sus manos, a la guitarra, se hacían una sola persona para comunicarse con un mundo exterior que ya para entonces le era totalmente ajeno a mi padre y demasiado hostil. Por eso lo de saber partir con la precisión de un reloj suizo. Mi padre falleció hace ya varios años de un infarto, no así su guitarra. Ahora mismo me pregunto cómo muere una guitarra de un infarto.

Y es que nos olvidamos de que los objetos más preciados también se enferman. Aquella silla murió de cáncer. Aquella cama lo hizo de leucemia. Aquella ventana lo hizo mientras lloraba viendo un cielo nublado. Aquella bicicleta de melancolía. La guitarra de mi padre lo pudo haber hecho, lo de morir, de un infarto, pero comprendió que no era su tiempo, que aún tenía que aprender y dar unas cuantas lecciones más. Y así lo ha hecho desde la muerte de mi padre.

Sobre todo, canciones rancheras eran las que tocaba mi padre al caer la tarde. Se sabía muchas de ellas. Como el niño que cuenta de memoria cuando juega a los escondidos. Como las oraciones que los católicos repiten con los ojos cerrados. Nunca le pregunté dónde había aprendido las primeras canciones que tocó. Sus letras. Cada una de sus notas. O por qué prefería unas letras por encima de las demás.

Por ejemplo, El jinete. Cuál era la familiaridad de mi padre con la letra de El jinete. Si recuerdan, la letra de El jinete es una de las más desdichadas: un hombre pierde a la mujer que ama (la quería más que a su vida), y desde entonces no hace sino buscar la muerte (la desea lo mismo que desearía que su amada estuviera viva). Los contrastes de atmósferas en la narrativa de la canción también son desoladores: mientras arriba hay una de las más hermosas noches (a la luz de las estrellas) el hombre que toca la guitarra se la pasa llorando para después perderse en la noche (una de las más bellas) pidiéndole a Dios que se lo lleve con ella (y enseguida viene lo de la herida incurable del que toca la guitarra).

Era una de las canciones preferidas de mi padre. Cuántos recuerdos habrá guardado en esa canción que hasta la fecha yo no puedo escucharla sin regresar a la guitarra de mi padre. La memoria funciona así: te saca ventaja, crees que ya pasó lo peor y repentinamente te mete el pie, vuelves a caer, ni siquiera eres capaz de reflexionar respecto al mecanismo de los tantos y tantos recuerdos que dejan los seres queridos que se van.

Para eso estaba el alcohol. Mi padre no era cantante porque no tenía voz para serlo. Su voz era dura, grave, picoteada por los aguijones del cigarro, del café fuerte y de los hielos. Pero si tocas la guitarra la gente que te escucha suele dar por sentado que también sabes cantar. O que al menos te sabes la letra. O que al menos no la harás de karaoke para que los demás canten, lo cual, dicho sea de paso, sólo ocurre cuando los demás están más borrachos que el que toca la guitarra e interrumpen al que toca la guitarra para cantar incluso aunque no se sepan la letra.

Mi padre necesitaba humedecer su voz para cantar. No quiero decir que fuese un ebrio empedernido cuando tocaba la guitarra porque difícilmente alguien puede tocar la guitarra en tales condiciones. Pero el alcohol hace su magia, te impulsa, consigues cantar como el mejor cantante vernáculo. Quizás desafinas, qué importa, los que te escuchan te perdonan todo, se admiran de la pasión con que cantas, eso es un asunto importante: la pasión, si la tienes estás un paso más allá, de lo contrario te interrumpen de la mejor manera, te dicen que ya se cansaron de escucharte, encienden el estéreo, ponen un disco de José Alfredo Jiménez, hasta ahí llegó tu incipiente carrera artística, eres un pulgarcito que juega al burro castigado con un gigante.

Por eso mi padre necesitaba del alcohol no sólo para tocar sino para animarse a cantar. Claro que también solía tocar sin humedecer su voz para cantar, en esas largas tardes donde se sumergía en las penumbras de su habitación acompañado de la guitarra, de un cigarro encendido y de alguno de los tantos cancioneros Picot con los que se apoyaba para la guía de los trastes y de la letra de la canción.

(Óscar Garduño)

Hace algunos meses vi un video donde mi padre toca su guitarra al día siguiente de una reunión familiar, cuando se acude a la casa de la tía, del tío, se come del recalentado y se aprovecha para curarse la cruda o para seguir la fiesta, que para eso son las reuniones del día siguiente. Repentinamente en el video aparece mi padre con una facha de judicial de los ochenta, lentes oscuros incluidos y guitarra en mano. Intenta tocar algo, se da cuenta que nadie en la mesa le pone atención y se detiene, hasta que alguien de la mesa le pide que toque, le da el título de una canción, mi padre hace como que la piensa mucho y comienza a tocar porque ya para ese momento tenía bastante húmeda su voz. Nuevamente una interrupción y nuevamente mi padre deja los brazos sobre la mesa.

Risas. Uno que otro grito de entusiasmo. Voces infantiles: niños que en realidad no saben dónde se encuentran y que sólo les interesa comer y beber de la Coca Cola que está en la mesa. Yo era uno de esos niños. No recuerdo quién fue, pero le llama a mi papá y le dice que toque algo así como el Mariachi loco. En realidad, invento la canción que yo creo le pidió esa persona. Y mi padre complace a la persona y toca la guitarra sin la auténtica pasión con que lo hacía durante las tardes. Y la mayoría canta; no obstante, mi padre se detiene ante el azoro de los demás y dice algo que es sabiduría pura para quien sí sepa tocar la guitarra: “¡Yo no toco esas chingaderas!” Y no es que mi padre interpretara lo mejor de la guitarra renacentista, y no es que mi padre fuese un maestro del conservatorio, y no es que mi padre fuese Jimi Hendrix, pero ya lo he dicho: quizás toques mal, pero si lo haces con la pasión del profesional algo ocurre. Los demás se rieron de las palabras de mi padre, quien regresó a la primera canción sin importarle si los demás la querían escuchar o no. Mi padre ya estaba lo suficientemente encarrerado, y entonado, como para tocar lo que a él le viniera en gana y cantar como seguramente lo hacían los grandes después de humedecer su voz.

Años más tarde mi padre falleció, pero no su guitarra. Como la extensión de alguien que parte, la guitarra cuelga en una de las esquinas de la recámara de mi madre. Está de espaldas. Las cuerdas dan contra la pared: resisten de esta forma que alguien las toque después de la muerte de mi padre. Y supongo que hay más de cien personas que tocan mucho mejor la guitarra de mi padre, que podrían llegar a casa, pedir la guitarra, dar clases de ñoñerías y virtuosismos musicales, pero no. Mi madre, enferma, desde su cama se encarga de vigilar que esa guitarra no se mueve de ese lugar.

Cuando uno alza la voz en la recámara de mi madre el sonido de la voz queda entre los huesos de la guitarra porque desde ahí mi padre aún se comunica con nosotros. Si se trata de un fenómeno acústico, no me interesa (tampoco me voy a poner a escuchar a fastidiosos físicos): uno tiene todo el derecho de contarse las historias que quiera, buenas o malas, y no ir por la vida sin historias porque de su raíz es de donde se desprende buena parte de lo que realmente vale la pena vivir, así las pesadillas, pero también los sueños.

Creo que mi padre se vale de un objeto para comunicarse desde el más allá. Si ponemos un poco de atención, tal vez alcancemos a escuchar lo que nos dice. Para quien entienda de fenómenos paranormales sabrá que si mi padre se comunica no lo hará con el lenguaje de los vivos sino con el de los muertos, los ausentes. En la recámara de mi madre aún intentamos descifrar ese tipo de lenguaje y encerramos los ecos de la guitarra en frasquitos que luego destapamos junto con mi madre. Ahí, en uno de esos frasquitos, está el “¡Yo no toco esas chingaderas!”

Algún día conseguiremos descifrar el lenguaje que se encuentra dentro de los frasquitos. Y comprenderemos entonces el eco que dejan las personas ausentes a través de sus objetos más preciados. Y quién sabe, en una de esas me animo, descuelgue la guitarra e intente tocarla. Ya no estaré en este mundo, por lo que no atenderé peticiones de canciones.

FOTO Portada: Guitar 1 Best 500+ Guitar Images [HQ] (Unsplash)