Violette Leduc: la gran olvidada de la literatura francesa

Hija bastarda, pobre, contrabandista, lesbiana, escandalosa y marginal. La autora, fea y pobre, fue admirada por Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre, Jean Genet, Jean Cocteau y Albert Camus, pero nunca perteneció a esa elite de izquierda clasista

POR Alfredo Serra

Hija bastarda, pobre, contrabandista, lesbiana, escandalosa y marginal. La autora, fea y pobre, fue admirada por Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre, Jean Genet, Jean Cocteau y Albert Camus, pero nunca perteneció a esa elite de izquierda clasista

“Mi caso no es único: tengo miedo a morir y estoy desolada por haber nacido. No he trabajado, no he estudiado. He llorado, he gritado. Las lágrimas y los gritos me han ocupado mucho tiempo. La tortura del tiempo perdido en cuanto pienso en él. No puedo reflexionar mucho tiempo, pero puedo complacerme en una hoja de ensalada mustia en la que no tengo sino penas que rumiar. El pasado no alimenta. Me iré tal y como llegué: intacta, cargada con los defectos que me han torturado. Desearía haber nacido estatua, soy una babosa sobre mi estiércol.”

¿Es posible que la autora, esa marginal sacerdotisa de la literatura de la desesperación, sea la misma? ¿La misma que, a despecho de esa fealdad que la tortura desde la primera vez que enfrentó un espejo, en los años 70 aparece en televisión y en películas, y escribe artículos… ¡sobre Brigitte Bardot!?

Sí. Es posible. Es seguro. Es asombroso. Porque ella, Violette Leduc, nacida el 7 de abril de 1907 en Arras, Pas de Calais, Francia, hija ilegítima de la criada Berthe Leduc y de André Debaralle, niño bien de una rica familia de Valenciennes que le niega su apellido y le contagia su tuberculosis, tuvo todos los vientos en contra…

Se cría, con su madre y su abuela, en los arrabales de la ciudad. La pobreza y la fealdad la hacen imaginar una vida negra y sin esperanzas. Pero su madre conoce a Ernest Dehous, dueño de un negocio de muebles antiguos, se casan, y la mísera pieza concedida por los Deraballe se convierte en una casa digna, pequeñoburguesa, y para Violette, el ingreso a un colegio privado: 1913, alumna Leduc, Collège de Douai, internado.

El sexo estalla. Tiene una escandalosa relación lésbica con Isabelle, una compañera…, que Violette llevaría a la novela Thèrése e Isabelle, en 1966, prohibida hasta el año 2000, “por las crudas y explícitas formas de narrar ese amorío”: texto base de los censores.

Pero no todo es caricias, gritos y susurros nocturnos entre ambas. Violette se apasiona –semilla inagotable— por los clásicos rusos, por Cocteau, Gide, Proust, Rimbaud…

Año 1926: se muda a París (¡sueño cumplido!) con su madre y su padrastro. No logra terminar el bachillerato en el Lycèe Racine, pero lo compensa con la acción: trabaja como recopiladora de recortes de prensa en una editorial, y pronto es redactora de noticias y reseñas literarias.

Durante la segunda guerra, por necesidad, se conecta con una red de contrabandistas del mercado negro y vende, en las sombras, carne, paté, manteca, pan, vino, embutidos y cuanto escasea. Pero desde los días del liceo llena un cuaderno secreto con lo que sería su primera novela, La asfixia. Hoja a hoja la pega con engrudo en ese cuaderno de tapas azules, y al terminarla le da el manuscrito al joven filósofo Yvon Belaval: su primer paso hacia Simone de Beauvoir, su amistad, su obsesión, su salto a la literatura y su perpetuo dolor.

Conoce la cárcel. Los gendarmes la detienen. Acusada de contrabando, queda libre delatando a sus proveedores, y hacia 1944 se acerca al Café de Flore, atisba a través de una ventana a Simone, que para entonces ya ha leído La asfixia, y empieza, más que una amistad, una relación sofocante. Simone la entusiasma (“Has escrito un gran libro. Lo mismo creen Sartre, Genet y Camus”), y Violette escribe La hambrienta (1948).

Todo parece encajar… Camus –nada menos— le publica La asfixia en el sello Gallimard: nada más prestigioso en esos años. Pero la novela no merece la corona de laureles: los libros de tapa blanca, privilegio de los monstruos sagrados. Lo logrará recién con La hambrienta.

Violette Leduc: the great French feminist writer we need (The Guardian)

Pero Violette, arquetipo de la soledad, la fealdad, la desdicha, se aferra a Simone hasta agotarla. Se enamora de ella hasta la humillación. La sigue y persigue. Aparece en su departamento con un ramo de flores silvestres y una lata de paté, resabio de sus días de contrabandista.

Algunos miembros de la cofradía existencialista arriesgan: “Violette es nadie. Pero Simone, Sartre, Genet, Camus, Cocteau, la amparan y la elogian como a un nuevo genio literario. En realidad, un rasgo de esnobismo”. Otros ensayistas la defienden: “Violette vive y escribe como una salvaje. La crudeza de sus descripciones sexuales es única: nadie se ha atrevido a tanto. Creo que Simone la protege y la estimula porque Violette, en materia de narrativa sexual, es lo que ella, pequeño burguesa al fin, no se atreve a escribir”.

Pero entre depresiones, angustias, amores fallidos con hombres y mujeres, y viviendo en un cuartucho helado hasta que un vecino se apiada y le instala una estufa a carbón, ella avanza con su obra. Estragos (1955); La vieja hija y la muerte (1958); Tesoros a recoger (1960); La mujer en su pequeño zorro (1965, referido a la piel de ese animal como lujoso adorno); Teresa e Isabelle (1966); La locura en la cabeza; (1970, dedicada a Jean Genet), Le Taxi (1971, incesto entre hermano y hermana), y Un baile al amor (1973), basada en sus brutales tratamientos psiquiátricos.

Pero entre la primera y la última, en 1964, Gallimard y sus tapas blancas se iluminaron con La bastarda: su texto más famoso, más editado, más vendido, y el que casi le valió el Premio Goncourt.

Bastarda ella misma, le habla allí a su madre: “Volvamos atrás, llévame contigo como solías, tengamos miedo juntas de las ratas que tenías que sortear en el pasillo de tu cuarto. Tu sangre, madre, el arroyo de sangre hasta la escalera cuando salí de ti, los regueros de sangre del moribundo. El hierro, los fórceps. Era tu prisionera tal y como tú eras la mía”.

“Desayunábamos y mi madre me contaba las fealdades de la vida. Cada mañana me ofrecía un regalo terrible: el del recelo y la suspicacia. Todos los hombres eran unos cabrones, unos desalmados (…) Cerdos, todos unos cerdos.”

“A menudo, mi madre me anunciaba en el desayuno: ‘Hoy tenemos qué comer, pero mañana…’ Vaciaba su monedero sobre la mesa y a mí me fascinaba aquel dinero y el que nos había de faltar al día siguiente. Desolada, intrigada, oprimida, comía rebanadas de pan con manteca de cerdo y azúcar en polvo. ‘Al día siguiente, el contrabandista me daba alguna cosa’, me cuenta mi madre. Yo robaba las grandes coles en la parte trasera de las carretas alemanas a riesgo de recibir un latigazo, y mi madre las repartía…”.

(Fragmentos de La bastarda)

Violette Leduc murió de cáncer de mama el 28 de mayo de 1972, a los 65 años, en Faucon, Vaucluse. Vivía sola y escribía en la soledad del bosque.

Post scriptum

Hace dos años, en la sección Libros de The Guardian, la abogada, periodista y feminista Rafia Zakaria escribió: “Las memorias explícitamente sexuales, con sus ansiosos flirteos con la pornografía y las dislocaciones de la heterosexualidad, han florecido en Estados Unidos y en Francia en los últimos años. Pero Violette Leduc, que lo hizo todo y lo dijo todo hace más de cincuenta años, es una presencia fantasmal. Una misteriosa marginación. Simone de Beauvoir, quien tomó a Leduc como protegida, sigue siendo un icono feminista. Jean Genet, contemporáneo de Leduc, también escribió textos homosexuales sexualmente explícitos, y es ampliamente leído y venerado como un pionero de la escritura vanguardista francesa. En cambio, el primer libro de Leduc, L’Asphhyxie, todavía no ha sido traducido al inglés. La yuxtaposición de De Beauvoir y Leduc es reveladora de quién define el feminismo y quién lo vive realmente. (…) Sin embargo, sólo recordamos y celebramos el feminismo categórico y analítico de De Beauvoir. El feminismo vivido de Leduc, crudo, apasionado y devastadoramente honesto, es lo que decidimos olvidar. De Beauvoir dice ‘escribir es liberarse uno mismo’. Falso. Leduc dice ‘escribir no cambia nada’. Puede estar muerta, desaparecida y olvidada, pero todavía puede tener razón”.)

FOTO Portada: Una vida cruda y desesperada: Violette Leduc… (Infobar)

Tomado de: Infobae. Noviembre 26, 2018.