Ian McEwan: ciencia ficción, hermana cibernética de la sátira

El escritor británico se interna en el mundo de robots y autómatas en Máquinas como yo. McEwan es un narrador de ideas, y a veces las peripecias que viven sus personajes son apenas una ilustración de esas ideas. Así son más interesantes las discusiones científicas o filosóficas, que McEwan maneja con maestría, que lo puramente narrativo

POR Pablo de Santis

El escritor británico se interna en el mundo de robots y autómatas en Máquinas como yo. McEwan es un narrador de ideas, y a veces las peripecias que viven sus personajes son apenas una ilustración de esas ideas. Así son más interesantes las discusiones científicas o filosóficas, que McEwan maneja con maestría, que lo puramente narrativo

La ciencia ficción tiene muy a menudo un carácter especulativo, y en sus laboratorios hechos de palabras los narradores juegan con ideas sociales, lingüísticas o filosóficas, mientras se preguntan: “¿Qué pasaría si…?”. Qué pasaría si se perfeccionaría la realidad virtual, o si tuviéramos contacto con extraterrestres, o si pudiéramos viajar en el tiempo… La pregunta que se hace Ian McEwan en Máquinas como yo es qué pasaría si se llegara a construir un androide que no sólo fuera capaz de hacer todo lo que hacemos, y de manera considerablemente mejor, sino de estrenar una perspectiva moral. ¿Cómo lidiarían los algoritmos que definen su comportamiento con nuestros lábiles códigos de conducta?

La ciencia ficción es la hermana cibernética de la sátira. Y la sátira, aunque hable del pasado o del futuro, sólo piensa en el presente. En la novela más reciente de McEwan, el narrador, que vive en un 1982 alternativo, representa a una generación mucho más cercana en el tiempo: esos jóvenes treintañeros que buscan liberarse de toda responsabilidad y consideran una tragedia que alguno de sus triviales deseos quede sin satisfacción. McEwan usa el cristal deformante de la ucronía para estudiar la sociedad inglesa. Como toda ucronía, imagina los caminos que la historia prefirió no tomar: Kennedy sobrevivió a Dallas, la Argentina ganó la Guerra de Malvinas y el matemático Alan Turing, en lugar de suicidarse mordiendo una manzana envenenada, siguió con su vida y contribuyó al desarrollo de autómatas.

Uno de esos autómatas es Adán, pieza central de la novela, que sería capaz de confundirse con un humano, de no ser por el inocultable defecto de la perfección. Acaba de terminar la Guerra de Malvinas cuando Charlie, el protagonista y narrador de la novela, compra a Adán. Sabemos que nadie lee el manual de instrucciones de la cafetera o de la licuadora y Charlie tampoco lee completo el del autómata. Pronto empiezan los problemas. Miranda, la novia de Charlie, aprende a utilizar sexualmente a Adán, al parecer con óptimos resultados. Charlie se desespera, pero… ¿Es lícito tener celos de un artefacto doméstico?

El tema de los robots ha sido largamente tratado en la ciencia ficción, tanto en literatura como en el cine (y en los últimos años en series, como Humans). Pero aquí hay otra historia que conduce la narración detrás del triángulo amoroso y está muy lejos de la ciencia ficción: es El americano impasible, de Graham Greene. Un hombre ama a una mujer. Por azar, por curiosidad o por indiferencia, deja que entre en su mundo alguien inocente (aquí, un autómata; en la novela de Greene, el joven Pyle, agente de la CIA).

Pronto, el recién llegado se enamora de la mujer del narrador. No son los vicios de aquel Pyle o de este Adán los que amenazan el mundo de los protagonistas, sino la misma inocencia, la incapacidad de ver los matices del complejo entramado de la sociedad humana, los claroscuros morales. A los recién llegados los anima la idea feroz de que el mundo debe adaptarse a la idea que se han hecho del mundo.

En viejas entrevistas McEwan solía fustigar las novelas que se separaban del realismo, porque en el mundo real se podía encontrar tanta riqueza que volvía ocioso el oficio de imaginar cosas que no existen. En sus dos novelas más recientes, sin embargo, optó por construir elaborados artefactos narrativos: en Cáscara de nuez asistíamos a una intriga policial que repetía la intriga de Hamlet, pero contada por un bebé desde el vientre de su madre.

Ian McEwan: “La utopía es una de las nociones más destructivas” (El País)

Máquinas como yo, ya vimos, es ucronía más robots: bien lejos del realismo. Pero las cosas esta vez no salieron tan bien. La Inglaterra en crisis del hipotético 1982 parece un desteñido telón de fondo, y el triángulo amoroso, fuera de la sorpresa inicial, no logra sostener el interés de la narración. Una denuncia de abuso sexual conduce a la trama rumbo a una de las obsesiones del presente.

McEwan es un narrador de ideas, y a veces las peripecias que viven sus personajes son apenas una ilustración de esas ideas. Así son más interesantes las discusiones científicas o filosóficas, que McEwan maneja con maestría, que lo puramente narrativo. Adán, por ejemplo, comenta: “Últimamente, he estado dedicando cierta reflexión al misterio del yo. Algunos dicen que es un elemento orgánico o un proceso incrustado en las estructuras neuronales. Otros insisten en que es una ilusión, un subproducto de nuestras tendencias narrativas”.

A mediados del siglo XVIII, Voltaire imaginó en su novela corta Micromegas a un venusino de visita en la Tierra. Como Micromegas a Voltaire, Adán le sirve a McEwan para mirar la sociedad desde afuera, con la objetividad del que se asoma a las cosas por primera vez.

El secreto de la novela como género se basa en que nos importe el destino de los personajes, y aquí no termina de importarnos ninguno. El recurso a la ucronía no tiene tampoco una mayor razón de ser, salvo por el gusto de incluir a un Turing envejecido. Es el sabio de la historia, y el encargado de defender la humanidad de Adán.

En su novela La Eva futura, publicada en 1886, Villiers de l’Isle Adam narró la construcción de una androide e incluyó como personaje al mismo Thomas Alva Edison. Turing es el Edison de McEwan: igual que en la novela de Villiers, el inventor es el hombre capaz de dar vida a sus criaturas y a la vez reflexionar sobre ellas.

Adán, el no humano, es el personaje más humano de la novela. Está enamorado de Miranda y compone miles de haikus para celebrar su pasión. A pesar de su naturaleza cibernética es un romántico. Capaz de comprender toda la ciencia y toda la literatura no comprende, sin embargo, que la verdad puede ser incómoda, que hay cosas que deben quedar en el silencio.

Al final de la novela Turing le advierte al narrador: “La mentira, según el Antiguo Testamento, en Proverbios, creo, es para Dios un acto abominable. Pero la vida social está llena de falsedades inocuas o incluso beneficiosas. ¿Cómo separar ambas? ¿Quién va a escribir el algoritmo de la mentira piadosa encaminada a evitar el sonrojo de un amigo?”.

Turing –el verdadero— propuso un juego, bajo la forma de un test, donde el triunfo de la máquina consistiría en que un observador no pudiera distinguir si se trata de una máquina o de un ser humano. El androide de McEwan no pasaría el test de Turing. La prueba de que existe inteligencia artificial, de que hay un yo bajo el metal, no sería que una máquina pudiera imitar a un humano sino que, por el contrario, fuera capaz de sostener su propia diferencia, su apego a la verdad.

Eso es el auténtico yo según la novela: el fracaso de la imitación, la resistencia a fingir lo que no se es. Detrás de su ironía, que a veces llega al cinismo, McEwan nunca deja de ser un narrador moral, en busca de una inocencia perdida.

FOTO Portada Ian McEwan: “Habría que acostumbrarse a oír opiniones distintas” (El Periódico)

Tomado de: Clarín. “Revista Ñ”. Diciembre 12, 2019.