J.D. Salinger: iluminaciones de un secretista incorregible

Cuando se critican las últimas obras publicadas por Salinger –Seymour: una introducción y la infinita carta de Hapworth 16, 1924— por ser indulgentes consigo mismas, también podría conjeturarse que en todo caso lo que les falta a otros escritores es más indulgencia y desenvoltura rigurosa; darse un permiso más amplio con respecto a su propio trabajo

POR Matías Serra Bradford

Cuando se critican las últimas obras publicadas por Salinger –Seymour: una introducción y la infinita carta de Hapworth 16, 1924— por ser indulgentes consigo mismas, también podría conjeturarse que en todo caso lo que les falta a otros escritores es más indulgencia y desenvoltura rigurosa; darse un permiso más amplio con respecto a su propio trabajo

Del otro lado del Atlántico y a miles de kilómetros de su trinchera, el Saturday Evening Post del 17 de julio de 1943 publicó un cuento del soldado norteamericano J.D. Salinger. “Los hermanos Varioni” nunca sería recopilado en libro (sólo en una versión pirata), pero es uno de los más sugestivos de su temprana producción enterrada.

Esta historia parece inaugurar el género “literatura de hermanos” que fue el coto de caza favorito de Salinger. Allí, el músico Sonny Varioni se pone a tipear la novela que dejó dispersa su hermano Joe, que escribía letras para sus canciones. Redactada en hojas desperdigadas, hechas ovillos o partidas en cuatro, en sobres usados y en el reverso de exámenes, Sonny se embarca en el tentativo rearmado de una obra fantasma.

El relato resuena ahora que el hijo de Salinger, el intermitente actor Matt, ha pasado casi diez años transcribiendo o recomponiendo –dice— o meramente dudando frente a la obra de su padre, que tiene que haber dejado unos cuantas narraciones bien pulidas y pasadas en limpio, ya que desde que se alejó del mundo impreso en 1965 tuvo casi medio siglo para meditar –uno de sus pasatiempos dilectos— sobre sus textos y pasarles el peine de las liendres. De manera que esta última espera de una década se vuelve inexplicable si no es porque dilatar lo más posible la publicación de lo heredado le ha hecho creer al hijo que es un modo accesible de ser fiel al espíritu de su padre.

Los rumores corrieron lento durante 50 años, pero ahora que se celebran dos aniversarios, y que Matt Salinger enfrentó a la prensa seguido, entraron en franca aceleración: que se publicarían cuentos sobre la familia Glass, o una novela sobre la Segunda Guerra, o ensayos de tinte espiritual con interminables letanías sobre budismo (obsesión que no le impedía ser irónico con el fanatismo ciego). Habrá más estrellas impresas en la constelación, pero la posición y la luminosidad de los astros centrales no sufrirá la menor alteración: los textos ya conocidos –y por ende su probada maestría— no serán degenerados.

El perfeccionismo del creador de la familia Glass era tal que es imposible decidir si éste impedía la publicación de nuevos libros que pudieran distorsionar su firme idealización de la obra, cuando ese mismo perfeccionismo era el garante de la imposibilidad de cualquier caída. Lo que seguro creía que distorsionaría su prosa era su cara, no por la foto en sí –su rostro apareció en la sobrecubierta de las dos primeras ediciones de El guardián entre el centeno y posó para al menos una sesión— sino por la inmediata y definitiva adhesión de una cara a una obra, el temor de que la primera se adueñara de la segunda. Caso paradójico en quien fue un maestro absoluto del retrato.

Conce/ Lectura (Pinterest)

Matt Salinger ha permitido que finalmente se exhiban fotografías, objetos y manuscritos de su padre, y los lectores supersticiosos y/o sentimentales agradecerán una mayor cercanía (que el propio Salinger tenía por alto valor, hasta que le tocaban el timbre).

Otra hipótesis del exagerado silencio de Salinger podría iluminarse con un comentario de su colega John Updike: “Ahí me parece que radica el problema: Salinger ama a los Glass más que el mismo Dios. Los ama de forma exclusiva. Los ama en detrimento de la moderación artística”. Alguno podrá especular que ese afecto virtual lo refrenaba de publicar más noticias de los Glass, pero lo contrario bien podría ser igualmente factible. (Cabe preguntarse, de paso, si Hölderlin, Walser y Melville ejercían la moderación, si fue esa falta de moderación la que los hizo alcanzar puntos sublimes).

Cuando se critican las últimas obras publicadas por Salinger –Seymour: una introducción y la infinita carta de Hapworth 16, 1924— por ser indulgentes consigo mismas, también podría conjeturarse que en todo caso lo que les falta a otros escritores es más indulgencia y desenvoltura rigurosa, por decirlo así, darse un permiso más amplio –no menos preciso— con respecto a su propio trabajo, menos miradas laterales. Si es en la ligereza trágica de Nueve cuentos y en la entonada liviandad de Franny y Zooey donde se da una calidad claramente incuestionable, quizá en Seymour Salinger buscó desestabilizar adrede los criterios de calidad establecidos.

A lo mejor buscaba insinuar que para apreciar su escritura conviene leerlo desde una posición de distensión total (durante un largo baño de inmersión, por ejemplo, como el de su personaje Zooey). Es decir, un estado similar al de apuntar al blanco sin apuntar –al modo de un arquero zen—, al de hacer poesía yendo más allá de la poesía (ejemplos que desliza por debajo de la mesa en los inigualables Seymour y Levantad, carpinteros, la viga del tejado).

Como sea, Salinger se conocía de sobra y ya en 1961, en la solapa de Franny y Zooey, sembraba sarcasmos con respecto a su tarea y a su temperamento simultáneamente encendido y replegado: “Existe un riesgo real, supongo, de que tarde o temprano me acabe ahogando y tal vez desaparezca del todo en mis propios métodos, locuciones y manierismos (…) Soy de la opinión más bien subversiva de que las sensaciones de anonimato y oscuridad que experimenta el escritor son la segunda propiedad más valiosa que tiene en préstamo durante los años en que trabaja”.

Su fragilidad central, constitutiva, es la de sus personajes, y en buena parte la que los vuelve conquistadores natos. Una fragilidad que no anhela dejar de serlo, acaso para conservar los meridianos de la inocencia. Espejada en la obsesión de sus criaturas por ser comprendidas, a su vez es el necesario reverso de la fobia de Holden Caulfield y Franny Glass por la vanidad y la codicia inflamadas. Esa vulnerabilidad central se ve reflejada, en primer y último lugar, en cada voz, fielmente traducida en diarios íntimos y cartas (aquello que, justamente, no requiere de publicación).

Si las desperdiga en sus narraciones es porque Salinger conocía de cerca el terreno fecundamente inestable de una carta, las aperturas y desbloqueos que una carta –la fiebre de una carta— le confiere a una voz. Son varias las misivas plegadas, guardadas, desplegadas y releídas en Salinger, y la compulsión y la relectura son dos de sus leit-motiv más visibles.

Es con frecuencia que un personaje se pone a contarle una historia a otro y en los relatos la voz es una materia escenificada: “Sus frases generalmente se cortaban por lo menos una vez a causa de un inadecuado dominio de la respiración, así que, a menudo, las palabras que quería destacar se apagaban en lugar de elevarse. Boo Boo no solamente escuchaba su voz; parecía que trataba de verla”, leemos en “En el bote” de Nueve cuentos.

Escritores y también padres (Pinterest)

El joven Salinger actuó en varias puestas amateur y amagó con una carrera de actor que el padre le vedó. Era esa mezcla no tan inhabitual de tímido solitario y extrovertido súbito, y lo paradójico de alguien que quiso ser actor y pasó su vida escondido del mundo se desvanece en cuanto uno vuelve al tono teatralizado de, sobre todo, El guardián entre el centeno y Seymour: Una introducción. La dramaturgia íntima de un monólogo, una carta, un diario, una conversación: los géneros más saqueados por Salinger para contar la saga de los Glass, familia neoyorkina de siete hermanos medio genios, medio chiflados, todos entregados al cultivo de alguna preciosa anomalía.

Estrellas de un programa de radio, el mayor encanto del clan Glass reside precisamente en sus voces. La inocencia de una voz –auténtica o planeada, alcanzado cierto nivel se funden y confunden— es imposible de probar: la sentencia depende del lector, de lo que este quiera creer. El candor no pierde vitalidad por haber sido calibrado y el lector debería saber que si no cree estará perdiéndose la vía de una lectura encantada, por culpa de su excesiva suspicacia, que es acaso de lo primero que se quiso despojar el escritor.

Salinger vio rápidamente que un atajo para infiltrar credibilidad es a través de diálogos astutamente cronometrados, en los que el recorte de cada frase pone a circular un subtexto alrededor de lo dicho (vacío titilante que subrayan esos espacios en blanco en una conversación que luego prosigue). En los Nueve cuentos la pregunta arbitraria y el cambio abrupto de tema (como si un interlocutor escuchara a medias al otro, o lo ignorara por completo unos segundos) son artilugios sutilmente medidos y eficaces.

Igual que los errores adrede en términos mal usados o pronunciados y las itálicas que Salinger aplica en una palabra o incluso una sílaba para que el lector sepa con exactitud cómo acentúa un personaje o cómo desvía un significado. (En El guardián entre el centeno las itálicas son más irónicas y más traducibles). El final abrupto de “Un día perfecto para el pez banana”, quizá deliberadamente torpe en un cuento imperfectible, contrasta maravillosamente con la alucinante dulzura del diálogo entre Seymour y una niña al borde de la playa.

Los silabeantes cuentistas norteamericanos –Hemingway, Salinger, Cheever, Carver— son mejores maestros, técnicamente hablando, que los desbocados novelistas (Faulkner, Melville, Pynchon). La destreza de J.D. Salinger (la hilaridad preciosista, el registro avispado del afecto, las imágenes bordadas y las particularísimas comparaciones) no parece algo tan difícil de delinear. Pero su secreto final se esconde una y otra vez detrás de cortinados de habitaciones vecinas, como un lugar que nos ha deslumbrado y cuyo nombre no logramos recordar.

FOTO Portada El guardián entre el centeno, la magia de Holden Caulfield (Filosofía & co.)

Tomado de: “Revista Ñ”. Clarín. Diciembre 27, 2019.