Voces y transfiguraciones

Sé quién soy y lo qué es el mundo porque con cada una de mis palabras previamente lo he nombrado y, al hacerlo, lo he inventado sin importar si alguien lo inventó previamente, de tal manera que sólo soy y sólo existo si yo te nombro y tú me nombras y los dos nos atrevemos a sitiar un silencio milenario y misterioso

POR Óscar Garduño Nájera

 Sé quién soy y lo qué es el mundo porque con cada una de mis palabras previamente lo he nombrado y, al hacerlo, lo he inventado sin importar si alguien lo inventó previamente, de tal manera que sólo soy y sólo existo si yo te nombro y tú me nombras y los dos nos atrevemos a sitiar un silencio milenario y misterioso

En este momento pienso en las voces. Escribo a partir de ellas. Las recorro. En los sonidos de las voces. De las que me son cercanas. En cada una de ellas. Como fogatas con las que me calenté en época de frío. Cuántas voces son posibles en una vida. Quizás cientos de ellas. Los seres humanos nos comunicamos a través de sus puentes. Porque de eso de trata las voces: de puentes. De la arquitectura fastuosa que nos distingue de los animales. Aunque, por otra parte, ellos también emiten sus propios sonidos. Octavio Paz lo asegura de aquel pájaro: “canta el pájaro sin saber lo que canta, todo su entendimiento es su garganta”. Entendimiento. Para eso nos sirve el sonido de las voces. A través de ellas nos llega el entendimiento. Y sobre el entendimiento avanzamos. Si perdemos el camino gritamos. Incluso si se trata de un grito interno. No hay que ser tan inteligente para descifrar un grito interno en la mirada del otro. Para tomar su mano. Si guardáramos silencio durante algunos segundos y luego irrumpiéramos con un solo grito sentiríamos las reverberaciones de las voces interiores y de la vida. Por eso algunos terapeutas aconsejan gritar en episodios de furia o de rabia.

Confiamos tanto en nuestras voces que conforme damos nuestros primeros pasos y nuestras primeras sílabas les cedemos, también, nuestras primeras palabras. Porque desde el comienzo nos hemos acostumbrado a ellas. Y las hemos escuchado en tantas ocasiones que ya nos resultan familiares. No ocurre lo mismo, por ejemplo, con un actor, quien debe desdoblarse fuera de sí para reconocer la sonoridad que le exige la voz de un personaje. Por eso es que los buenos actores impresionan con la voz antes que con la actuación. Imponen. La voz les permite transformarse, distanciarse, dejar de ser quienes son al menos el tiempo que dura la obra.

¿Cómo era realmente la voz de los personajes de las obras de Shakespeare? Es decir, ¿qué tono tenía la voz del primer Hamlet, del primer Otelo, del primer Yago, del primer Macbeth? Vamos un poco más allá: ¿qué era lo que les exigía Shakespeare a la hora en que tenían que construir su personaje? Este personaje encarna la maldad, pero, ¿cómo es que encarnas la maldad en una voz? Este personaje encarna la bondad, pero, ¿cómo es que encarnas la bondad en una voz? Más allá de los recurrentes estereotipos, más allá de los mismos clichés a los que se acostumbran los actores de voces flojas. No lo sé. Ahora trasladen el mismo efecto a la narrativa ¿Cuál es el tono de la voz de Gatsby? ¿Cuál es el tono de la voz de ese que nos lee en voz alta (a la vez que es voz interior) muchos de los poemas de Quevedo? ¿Cuál es la voz que nos lee la poesía griega?

Voces y palabras. Van de la mano. Con las voces nos hacemos presentes en el mundo: existimos por medio de un sonido. Con las palabras representamos e inventamos y nombramos ese mundo. Existencia y representación. Sé quién soy y lo qué es el mundo porque con cada una de mis palabras previamente lo he nombrado y, al hacerlo, lo he inventado sin importar si alguien lo inventó previamente, de tal manera que sólo soy y sólo existo si yo te nombro y tú me nombras y los dos nos atrevemos a sitiar un silencio milenario y misterioso, ahí donde creación y destrucción ocuparon la misma cartografía, porque con el silencio interno y externo lo mismo se concilia que se confronta. De esto saben mucho los que se dedican al arte mayúsculo de la oración. Los que entran a una iglesia y se comunican con Dios y utilizan a un santo como vehículo para que interceda por ellos. Los que piden y dialogan en silencio y en ese luminoso silencio encuentran una voz interna que sin ser la de Dios les trae consuelo y fe. Esto sí debería considerarse un milagro.

Si una voz se queda en un simple sonido sin significado alguno pierde relevancia comunicativa y regresa a su origen más primitivo. También es cierto que alcanzas a reconocer a alguien por el sonido de su voz. Y también porque sobre esa voz depositó las palabras que pronunció frente a ti.

Cabe agregar un buen punto: cuando mueres te llevas todas esas voces a la tumba. Te llevas los sonidos. Las vibraciones. Las personas pasan a ser representaciones sonoras: un soundtrack conformado por todos con los que conviviste.

30+ Amazing Cry Photos (Pexels)

Por regla general deberíamos recordar los sonidos de las voces antes que las figuras. La musicalidad de las voces. Cerrar los ojos y empaparnos de las voces que nos han acompañado a lo largo de los días. Del sonido de las risas. Del sonido del llanto. Me gusta creer que tras del llanto o tras de las risas también se esconden palabras. No sé de qué forma lo hacen, pero creo que es así. Y esperan el momento en que el llanto o la risa se detienen para salir al frente. Como cuando termina la guerra y los soldados avanzan malheridos al centro del campo de batalla. También de los gritos. Como cuando alguien pide auxilio. Como cuando alguien grita de dolor.

Hay palabras que se trazan con el sonido de esos gritos. Palabras que son cercenadas por la miseria humana. Palabras que no volverán a ser si es que esa persona que pide auxilio no lo recibe a tiempo. El que muere deja un último suspiro como último sonido en el mundo. Y es tan grande que es suficiente para derribar el mundo. Al menos el suyo. De un suspiro pasamos a un sonido que descarga toda su furia sobre un mundo que ya no le pertenece a la persona que abandona el mundo. Entonces decide partir. Y antes de hacerlo hay que terminar con los sonidos que se dejan entre los vivos. O al menos intentarlo. Suspirar es una forma de demoler el mundo.

Si algo aprendes en literatura es a convivir con voces ajenas que luego te resultan familiares. Es casi un alquimista acto, aunque seguramente debe tener otra explicación. A ese silencio que se antepone a cualquier lectura, también se impone un diálogo interno con las páginas del texto. Lo que se calla afuera se grita dentro y no se trata de una voz real (porque está claro que no existe) sino de una voz que, como lector, construyes con las posibilidades cognitivas que tengas a la mano.

Ecos literarios son aquellas resonancias que provienen de las páginas de un libro para iluminar o para oscurecer el camino del lector durante la senda que dure la compañía de una lectura. Quizás los que creían ver la locura en las lecturas de los libros de caballería del Quijote no estaban tan equivocados; después de todo, lo que hace el famoso Hidalgo es hablar a través de su voz con muchas de las voces de los libros de caballería que ha frecuentando. En su extraordinaria imaginación entrecruza los caminos de la razón y, ahí donde entabla un diálogo con sus admirados y nobles caballeros, en realidad habla con las necesidades espirituales de su interior rebelde: la voz externa del Quijote no es sino una admirable extensión de sus múltiples voces internas, y en el fondo lo que Miguel de Cervantes parece advertir al lector es que precisamente de eso se trata el luminoso ejercicio de la lectura: más allá de la pasión y del desvarío están las voces que entretejes en tu interior, la capacidad de jugar con los personajes y las situaciones, la desbocada imaginación de colocarte en situaciones tan increíbles como si fueses a luchar contra molinos de viento, no silenciar las voces interiores incluso si las voces exteriores te quieren obligar a ello, porque siempre existirá un punto de “cordura”, unos sobrinos que acudan a tu búsqueda, un barbero disfrazado, un maestro de primeria o de secundaria que te diga que no te creas lo del libro porque solo es literatura, ficción, pero, en cambio, sí debes creer lo que ocurre en la serie de Netflix.

Borges at work (www.iberlibro.com)

Antes que un extraordinario autor, Jorge Luis Borges fue un almanaque de citas literarias casi imposibles. Con una excelente memoria, Borges recurría a sentencias de autores para reafirmar sus propias conclusiones. Sin duda, el autor argentino fue uno de nuestros autores más literarios. Borges se valió, desde la ceguera, del sonido de las voces literarias, se apropió de ellas, las cargaba lo mismo que se carga un relicario, y cuando se sentía solo y hostigado en esos túneles infames donde ninguna luz es ya posible se alcanzaba a llenar de felicidad gracias a las palabras que alguno de sus admirados autores había pronunciado.

Por eso no es ociosa la sentencia que tantas y tantas veces repitió, aquella donde señala que los griegos habían hecho a Homero ciego para indicar que la poesía más que ser palabra que se lee es palabra que se escucha, sonido, y aquí volvemos a ese sonido incesante que proviene de la lectura: a la vez que se lee se edifica una acústica; leemos y damos sentido, y parte de este sentido está en el sonido de esa voz interior que nos narra lo que leemos.

Los que se han dedicado a estudiar el fenómeno de la lectura a través del tiempo han llegado a muchas conclusiones. Una de ellas es que ningún lector enfrenta de la misma manera una lectura. Se trata de interpretaciones. Hay una serie de procesos que tiene que ver directamente con las capacidades tanto de lectura como de comprensión, se entiende, pero si vamos más allá, y nos detenemos un poco en lo de las voces, veremos, también, que la comprensión de la lectura es directamente proporcional a la capacidad que tenga el lector de relacionarse con el silencio exterior y con las voces interiores durante la lectura. Mucho ganaríamos si a los que apenas aprenden a leer se les enseñará a convivir con esas voces que se desprenden del libro. Si se les enseña a dominar el silencio externo y el silencio interno. Porque una vez que abran cualquier libro ese silencio interno se convertirá en un coro casi demoníaco de voces que se sobreponen en proporción a cuantos personajes se nos presenten.

Cuando estás acostumbrado a la lectura quizás lo anterior resulta de lo más sencillo, pero, piénsenlo por un momento: abren un libro de Cortázar, quizás Rayuela, e inmediatamente dan con unos epígrafes que ya de por sí son para perder la razón e inmediatamente nos habla alguien, en primera persona, de manera descoordinada, apresurada, es como si vinieran tras de ella, y así sigues, y mientras lees reproduces el sonido de esa voz en el silencio de tu interior, pero está ese otro silencio, el del exterior, sin embargo, ese no lo puedes callar, por lo que la lectura te exige un equilibro entre los dos silencios, el interno y el externo, y aquí está la voz narrativa, y esa voz es distinta para cada lector, y así lo debes comprender cada que lees porque en esa comprensión está, también, la capacidad que puedas desarrollar como lector, y una vez que desarrollas tal capacidad quizás no te conviertes en el mejor lector del mundo, pero sí en uno que al menos reconoce sus voces internas, sus voces externas, uno que es consciente que estas voces algún día se habrán de extinguir lo mismo que sus apretados sonidos, no así la literatura y sus artilugios.

FOTO Portada: A Guide to Black and White Portraits (Fstoppers)