Déjame escribir de tu cuerpo

Y tras de la ventana seguramente aparecerá una mariposa. Ahí colgaremos tu ropa interior cuando decidas quitártela. Quiero que comiences por el sostén, por favor… abre los brazos, de eso se trata: así fue como las primeras mariposas aprendieron a volar

POR Óscar Garduño Nájera

Y tras de la ventana seguramente aparecerá una mariposa. Ahí colgaremos tu ropa interior cuando decidas quitártela. Quiero que comiences por el sostén, por favor… abre los brazos, de eso se trata: así fue como las primeras mariposas aprendieron a volar

De tu cuerpo. De ahí proviene el aliento, la luz del último relámpago, el deseo, la carne que palpita. De las proporciones de tu cuerpo. Lo que alcanzo a imaginar cuando te encuentro vestida. Cuando con tus alas abiertas de mariposa herida (para mí eres una mariposa herida) posas frente a la belleza extraordinaria del mundo y sus mitológicos secretos. De tu presencia. Pero de tu presencia en la lejanía. Tú sabes todo lo que me dices cuando escribes una palabra. Es como si en cada una de ellas, es decir, en cada una de tus palabras, guardásemos enjambres de abejas para luego asustarlas con el mismo aliento de tu carne, de tu piel.

Soy el primero que admira tu buen gusto, aunque en ocasiones te quejes de la ropa, de lo mal o de lo poco bien que te queda. Como aquella ocasión en que modelaste ese vestido, tú sabes a que ocasión me refiero. Esa noche soñé que bailábamos una danza imposible en el mismo bosque de palomas disecadas. En el sueño era de madrugada y una tenue neblina cubría tu cuerpo. Mis dos manos en un momento apretaron tus nalgas. Suavemente, primero. Luego las pegué contra mi cuerpo. Pronunciaste una palabra, una frase que no alcancé a escuchar. Quizás fue algo así como que las palomas disecadas también pueden hacer el amor con las mariposas. Se trata de que lo intenten. Y cuando se cubren de neblina basta con que se desnuden. Las palomas disecadas ya lo han hecho. Y en alguna parte de tu cuerpo una mariposa se quita las medias de red. Pero sonó el sonido lejano de un tren. Era la hora de partir cuando desperté con la misma ilusión del adolescente que se masturba por primera ocasión.

Te confieso: hay noches en que quiero traerte conmigo lo mismo que se traería una fotografía tuya. Hacer de esas fotografías unos cuantos claveles, conseguir un florero, llegar a casa, colocarlo al lado de la cama, junto a la lámpara de lectura, dormir con la conciencia tranquila porque si las pesadillas de la muerte aparecen basta con que despierte y respire de esos claveles, que la madrugada me sorprenda con una fotografía tuya donde exhibas tu desnudez para mí y con un vaso de whisky en las manos y un cigarro encendido en los labios.

Y tras de la ventana seguramente aparecerá una mariposa. Ahí colgaremos tu ropa interior cuando decidas quitártela. Quiero que comiences por el sostén, por favor… abre los brazos, de eso se trata: así fue como las primeras mariposas aprendieron a volar.

Fue sólo una fotografía la que me condujo al camino del deseo. Ahora soy un hombre maduro que sabe frenar sus deseos y que los controla desapegándose del mundo y de las ilusiones. Pocas cosas me emocionan en la actualidad. Quizás leer. Escribir sin saber hacerlo. Dar talleres de literatura a jóvenes soberbios, pretenciosos e incapaces de conjugar un verbo o de reconocer el predicado de una oración. Pero tú llegaste con el deseo como uno de los mejores platillos que se pueden ofrecer a un hambriento.

Tras descender del navío, una vez que nos vimos frente al naufragio, sediento llegue a las costas de tu cuerpo y no pude sino arrodillarme para pedir por tu desnudez lo mismo que se le pediría a un santo por un milagro. Y contestaste que lo ibas a pensar. Porque a fin de cuentas tienes una relación sana, eres una mujer enamorada y debes cuidar la forma y los detalles. Eso lo sé. Ya estamos en la playa: ahora toca que te quites la tanga, por favor.

Hay ocasiones en que envidió a las parejas cuando enciendo un cigarro. No obstante, cuando sólo queda la colilla y la piso con la suela de mis zapatos dejo de envidiar cualquier forma de relación humana, incluso la amistad. Es cuando el mundo realmente me parece asqueroso y entonces le doy la razón a los jóvenes talleristas. Así es que intento comprender lo que tienes y me mantengo apartado. Es como dicen que se deben portar los buenos perros. Sin ladrar demasiado. En una esquina del patio. Tomando un poco de sol al mediodía. Durmiendo por la tarde. Y tratando de no pasar frío por la madrugada.

Pero entonces llegó un elemento extraordinario.

Fue tu voz. He tenido tantas malas experiencias con mujeres que escriben poesía que en cuanto me encuentro con una más procuro salir corriendo. Porque nada de lo que escriben me gusta. Porque se esmeran en hacer una poesía complicadísima. De corte muy existencial. No sé. Pero tu voz era distinta. Estabas ahí. Había un paralelismo entre la desnudez que yo ya para entonces me imaginaba de tu cuerpo y el sonido intenso de tu voz. No sé si consigo explicarme. Mientras tu voz salía del celular y hacía vibrar todas mis fibras, tú poco a poco te ibas quitando la ropa. Porque me leíste textos muy intensos y personales. Y entonces hice una asociación: la desnudez también es algo intenso y personal. Tu poesía lo es. Te lo dije: debes darla a conocer.

Y de lejos seguí tus pasos. Me hice una promesa. En cuanto dejaras de tener novio iría en tu búsqueda, volveríamos a reunir las palomas disecadas con las mariposas. Pero no. Las alegrías de cierto tipo al parecer aún me están censuradas y como el fiel perro que continúa en su esquina del patio me dediqué a admirarte de lejos. Nada me impedía a hacerte la petición y la hice: déjame escribir de tu cuerpo. No sé si lo voy a hacer bien o mal, supongo que es más fácil pensar en lo segundo, pero no sólo se trata de escribir de tu cuerpo sino de dejar un testimonio a través del tiempo: un camino donde el caminante, al pasar, encuentre mariposas y palomas disecadas tomadas de las alas. Murmurará al otro caminante que en algún momento en este mundo hubo un destello de dulzura. Algo que pasó como incomprensible para los demás hombres.

Imágenes, fotos de stock y vectores sobre Butterfly Woman (Shutterstock)

Déjame escribir de tu cuerpo. Es una propuesta mal formulada, lo sé. Tiene algo de autoritario. De sometimiento. Pero también tiene su encanto, no me lo puedes negar. El solo hecho de pensar que alguien escriba de lo que eres en este momento en el mundo debe significar algo. Porque se trata del aquí y del ahora. Cuando hablamos de las palomas disecadas y de las mariposas también hablamos de la belleza y de cómo se extingue poco a poco entre el bosque antes de que el tren llegue. Ninguna belleza es permanente. Ninguna. Así que, si nos entregamos a rendir los honores a tu cuerpo y su belleza, por efímera que ésta sea, tendremos, además, un testimonio que perdurará a través del tiempo: un lejano día voltearemos los rostros y admiraremos en ese espejo al que fuimos y dejamos de ser, a esas oscuras y sucias calaveras en las manos de Hamlet cuyas cuencas ahora estarán agusanadas.

Por eso las fotografías de tu cuerpo: la belleza que trepa como enredadera a través de ellas. Te sabes hermosa y te compartes con los demás porque sabes, también, que no hay peor belleza que la que se atesora de manera egoísta. Tú no lo haces. Te muestras plena. Con cada una de tus sonrisas. Con tus distintos peinados. Cuando reconoces los distintos lugares en los que te encuentras a través del lente de la cámara de tu celular. No sólo lo haces para que los demás se enteren a través de tu red social, sino lo haces porque tú misma sobrevives a través de esos mecanismos que un mundo digital ha conseguido poner en nuestras manos lo mismo que si ahora pusieran cientos de mariposas bajo tu falda.

Es suficiente. Te he hecho la petición. Ignoro si la he hecho de la manera correcta, sólo sé que he intentado hacerla lo más honesto que se pueda.

Quizás nada de lo que digo aquí es verdad y simplemente hablo con una mujer que me he inventado para huir del terror de la muerte. La que me acompaña en la bicicleta mientras voy al trabajo. La que llora conmigo por las noches. La que se horroriza junto conmigo cuando nos miramos en un espejo y malditas ganas que me dan de romperlo y mandar a la mierda a todos. La que se sienta a mi lado en la fonda donde como y escucho la conversación de gente obrera y explotada lo mismo que yo. La que se sienta a mi lado en el Metro y escucha la lectura que le hago de esa novela que hasta la fecha no he podido concluir. La que me acompaña en mis días más oscuros y nuevamente malditas ganas que me dan de romper esos días y mandarlo todo a la mierda.

Sí, quizá se trate de una mentira bien orquestada. De cualquier manera, déjame escribir de tu cuerpo… quizás y en una de esas te vuelvas tan real como la vida misma, como las palomas disecadas y las mariposas, como tu ropa interior…

FOTO Portada Pinterest/ Woman wearing blue gown holding strings with butterflies