La muerte y la doncella

“En una palabra, me siento el hombre más infeliz, más miserable del mundo”. Es una frase devastadora con la que inicia Schubert una de sus últimas cartas. No puede hacer nada contra la enfermedad. La muerte ha tocado a su puerta, ha entrado sin hacer ruido, le ha puesto una silla y se ha sentado a su lado a esperar

POR Óscar Garduño Nájera

“En una palabra, me siento el hombre más infeliz, más miserable del mundo”. Es una frase devastadora con la que inicia Schubert una de sus últimas cartas. No puede hacer nada contra la enfermedad. La muerte ha tocado a su puerta, ha entrado sin hacer ruido, le ha puesto una silla y se ha sentado a su lado a esperar

Hay quien asegura que ya para entonces traía una peluca sobre su grande cabeza. Tal era el proceso de descomposición a causa de la sífilis que había pescado de alguna puta. Quizás y hasta lo hizo a propósito. Se sintió orgulloso cuando se montó sobre la mujer, lo mismo que Baudelaire. A fin de cuentas, se trataba de llegar al límite de la vida. No se trataba de entenderla. Para los dos entenderla era parte de procesos artísticos. Por eso la vida de ellos no era terrenal. Estaba en otro sitio. En las alucinaciones propias de la sífilis. Así lo aseguraban quienes se contagiaban de ella.

Y descargó ahí toda su furia. Schubert: cuántas veces lo habían humillado apenas unos cuantos años atrás. Aquella vestimenta de campesino con olor a estiércol. Cuando su padre lo presentó a un concurso de canto y, una vez que subió al estrado, el poco público, antes que escuchar su para entonces hermosa voz, se reía de sus pies descalzos, de sus harapos. Quiso explicarles Schubert que en eso consistía la música: a través de sus distintos mecanismos reviste las necesidades espirituales de los hombres. Pero las risas. Soportar las risas. Tuvo una idea mejor dentro de su corazón: los mandó a la mierda y bajó del estrado.

Al llegar a la adolescencia perdió la maestría para el canto debido a los cambios de voz y seguramente su padre inclinó ligeramente la cabeza, alzó la vista poco a poco y procuró darle una esperanza de esas que apenas si se alcanzan a recoger del barro. Se tendría que abrir paso a como diese lugar en la música.

Así como se abriría paso entre las nalgas de aquella prostituta, quien acaso le iba a brindar la calidez de una sonata para piano. De hecho, nadie nos puede negar que Schubert aquella noche no soñó con una sonata imposible. De hecho, nadie nos puede negar que los mejores músicos son los que sueñan con una pieza imposible.

Cuando amanece cubierto por la enfermedad no se arrepiente de haber confundido a esa puta con el único amor de su vida: Therese. Fue así como la nombró antes de darle un beso en una boca que apestaba a sudor rancio, a semen, a cerveza quemada, a cigarro y a la más absoluta de las soledades. Repitió el nombre Schubert: Therese. Y la puta, fiel a su servicio, consciente de las necesidades emocionales de aquel cliente tímido que se escondía tras de esos lentes, que ni siquiera había tenido dinero para pagar para que ella abriera las piernas (fue uno de los pocos amigos de Schubert quien le había invitado esa noche de placer), dijo que sí, soy Therese, llámame como quieras, amor mío, bebamos juntos, por la vida, por la muerte, y señaló su velluda vagina, sabedora ya del mal que ahí portaba.

“En una palabra, me siento el hombre más infeliz, más miserable del mundo”. Es una frase devastadora con la que inicia Schubert una de sus últimas cartas. No puede hacer nada contra la enfermedad. La muerte ha tocado a su puerta, ha entrado sin hacer ruido, le ha puesto una silla y se ha sentado a su lado a esperar. También se ha puesto otro nombre. Al igual que la puta de la sífilis, la muerte le dice que es una doncella. Schubert atribuye tal efecto y tales visiones a los delirios propios de la enfermedad, así que cierra los ojos, mueve la mano izquierda en el aire: sus dedos, danzan sus dedos, frente a su cabellera o su peluca, pero danzan como si uno persiguiera al otro, y lo hacen suavemente, y Schubert ni siquiera aprendió nada del mar, repentinamente repite la muerte, y una vez más: la muerte, pero también repite, inmediatamente, como si las dos palabras fuesen una sola, la doncella, muerte y doncella, y él, Schubert, se muere, lo va a hacer, es lo que piensa en esos momentos, viendo de frente a la muerte, así como miraría de frente los ojos de las más hermosa de las doncellas, así como miró los labios y la sucia boca de la más hermosa de las putas de aquella taberna donde concluyó una más de las schubertiadas en esa madrugada.

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Hay una clave en La muerte y la doncella: Es una transición entre la vida y la muerte. Permea durante toda la pieza. Una encarnizada lucha entre los dos polos. La violencia con que inicia el penúltimo movimiento parece indicarnos que entre estos dos polos no hay sino contradicción. No es posible que la vida y la muerte provengan de la misma fuente. Por eso la disparidad de los violines: una persecución entre ellos por callejones que parecen sin salida, hasta que por fin Schubert los detiene con una absoluta calma que llega poco a poco, así como seguramente le llegó a él la tranquilidad, si es que la consiguió en algún momento antes de morir.

Sólo quien mira de frente a la muerte puede escuchar esta pieza en toda su inmensidad. Nos sabemos el cuento de la doncella que lucha por no morir, que escapa de las garras terroríficas y oscuras del destino y termina por convencerse de que la muerte, su muerte, y en esa muerte se refiere a nuestra muerte, es un proceso natural de la vida, porque quien vive debe de morir. Y no sólo es a ella a quien persigue la muerte, es a Schubert, pero también es a cada uno de nosotros, por eso la pieza es una gran metáfora de la vida: desde el comienzo, hasta el final. Cuando se escucha completa la pieza, La muerte y la doncella, comprendes la finitud del ser humano no en el sentido trágico de una cultura occidental que en su afán de perpetuidad se encarga de negar la belleza de la muerte, que sí encuentra Schubert en su pieza, y de justificar nuestras ausencias fustigándonos con la resignación católica que te ofrece su salvación en un más allá, más allá, hay que decirlo, que Schubert no señala en su pieza, la muerte existe como tal, aparece en el título de la obra, es un personaje, desde el comienzo acude en busca de la muchacha.

Acaba de abrocharse los pantalones Schubert. Desde una de las esquinas de esa sucia habitación la puta sonríe. Schubert lo sabe: no volverá a ver una sonrisa así y la guarda como uno de sus mejores tesoros, quizás el único, ahora que le ha ido tan mal económicamente con todas sus piezas musicales. Pero, ¿es que tiene caso continuar? Uno por uno lo han ido abandonando y ya son pocos los amigos que le quedan. Hay otros que insisten en que se debe dedicar a la ópera porque es donde mejor se gana hoy en día. Le han dicho que él tiene el talento. Él dijo que sí: si ya se había ganado cierto prestigio con los lieders lo de la ópera sería más sencillo. Pero eso lo dijo frente a sus amigos.

(Pinterest/ Robert Ranyard/ Magical light)

Cuando al fin estuvo ebrio aceptó que no iba a poder. Lo intentó sin ningún éxito. Como en otras ocasiones dejó varios trabajos inconclusos. Ebrio. Lo único que le quedaba era llorar y causar lástima a aquellos pocos amigos que veían cómo un genio se destruía. Hasta que todos ellos se enteraron de la sífilis. Hasta que se enteraron de la pieza que había compuesto: una donde ocurre una transición entre la vida semejante a la que ocurre entre el alcohólico y el abstemio. Y se dieron a la tarea de buscar a aquella puta con la que había estado la última vez Schubert. Ella, muchas aseguraban, lo había contagiado de aquel sífilis que se le complicó y le arrebató la vida.

La encontraron con otro cliente en una mesa de una taberna. Ahí concluían muchas de las schubertiadas en las mejores noches en que las borracheras de Schubert parecían infinitas. A lo lejos. Había envejecido. De unas semanas a la fecha parecía que le habían caído diez años encima: la habían sepultado como una pesada lápida de días y de noches, de insomnios y desdichas. Uno de los amigos de Schubert se acercó. En cuanto lo hizo, el cliente de aquella puta se puso de pie, lo empujó y decidió partir luego de lanzar improperios contra todos los que se encontraban en aquella taberna.

Ella pidió un tarro de cerveza oscura. Los dos guardaron silencio durante algunos segundos. En realidad ni siquiera se trataba de uno de esos silencios importantes, donde dicen que ocurren cosas. Un silencio y ya. Abrió poco a poco sus labios. Dientes amarillentos. Chimuelos. Una lengua rojiza y encendida, como un pedazo de carbón al filo de la madrugada más gélida. Él le ofreció un cigarro. Lo contó como un breve cuento. ¿Seguramente se acuerda…? ¿Señorita? ¿Señora? ¿Le diría puta así, a secas? ¿Cuál era su nombre? ¿Se los había dicho Schubert aquella ocasión en que les contó cómo se montó encima de ella y cómo se sintió traspasado por la muerte cuando eyaculó? ¿Lo había hecho? Seguramente le dijo su nombre luego de asegurarles quién era la muchacha de aquella pieza, a quien precisamente correteaba con tanta premura la muerte y a quien por fin conseguía someterla al final, cuando quedaba demostrado que la muerte, tanto les insistió Schubert, únicamente era una transición de la vida, un estado ubicado entre el ser y la nada. ¿Se los había dicho así, con esas palabras? Usted conoció a Schubert, ¿verdad? Ella perdió la mirada en un punto lejano y en ese momento recordó con cuánta insistencia Schubert se miraba en el espejo. Casi obsesivamente renegaba de su rostro. Le decía a ella que siempre se había visto feo. Lo soy tanto como mi música, le aseguró luego de soplar sobre el espejo y empañarlo.

Los hombres salieron al atardecer de la taberna sin conocer el nombre de la mujer y sin saber si realmente había estado ella con Schubert. Por su parte, el hombre que se había sentado a su mesa llevaría para siempre en la memoria un único nombre: Therese.

FOTO Portada Franz 1 Conoce Franz Schubert, exponente del romanticismo musical (Ruiz-Healy Times)