Shelley: viaje al funeral más siniestro de la literatura

De acuerdo con uno de los registros de la incineración, como el cuerpo de Percyb Shelley no ardía como esperaban, alguien vertió sobre él “más vino del que el poeta había consumido durante toda su vida”. El resultado fue que el cadáver acabó partiéndose, dejando el corazón al descubierto

POR Miquel Molina

De acuerdo con uno de los registros de la incineración, como el cuerpo de Percyb Shelley no ardía como esperaban, alguien vertió sobre él “más vino del que el poeta había consumido durante toda su vida”. El resultado fue que el cadáver acabó partiéndose, dejando el corazón al descubierto

Génova. A principios del XIX, desde las habitaciones superiores del Hotel de Ville de Génova se podían ver con claridad los barcos amarrados en el puerto. Un día, el poeta Lord Byron atisbó desde una de aquellas ventanas los restos abandonados del velero en el que meses antes había naufragado su amigo Percy B. Shelley, de nombre Don Juan. Y dedicó al fallecido unas palabras de homenaje.

El Hotel de Ville sigue hoy abierto. De hecho, fue remodelado en 2017. Pero si el huésped se asoma a la ventana, lo que verá es una autopista elevada que trincha la otrora elegante Via di Sottoripa. Por encima de los coches asoman los mástiles de un barco falso: es la réplica de un galeón construida en 1986 para el rodaje de Piratas, de Roman Polanski. En los bajos hay un local de comida rápida, el sino de muchos palacios genoveses.

Pero hay otros lugares en la propia Génova y en la costa ligur donde se puede evocar muy bien la accidentada etapa italiana de los dos poetas y de la esposa de Shelley, Mary, la autora de Frankenstein. También puede visitarse la playa donde se ofició el funeral de Percy, sin duda uno de los pasajes más siniestros de la historia de la literatura universal.

El libro Memorias de los últimos días de Byron y Shelley, de E.J. Trelawny, que acaba de editar Alba Minus, es un buen compañero para este viaje literario.

Trelawny conoció a sus admirados Shelley y Byron en enero de 1822, meses antes de la muerte del primero, mientras éstos vivían con intensidad su autoexilio italiano. Luego acompañaría a Byron en su misión suicida para liberar Grecia. Este audaz y atractivo trotamundos no era un personaje de fiar. Exageraba, mentía, enredaba: se enamoró de Mary Shelley, aunque no está claro si fue correspondido por ésta.

Pero de aquellos meses intensos nos dejó un relato no por truculento menos brillante. Truculento, porque fue él quien hizo correr el bulo de que el barco de Shelley había sucumbido al ataque de una embarcación pirata, probablemente porque tenía mala conciencia por no haberle acompañado y auxiliado en el fatídico viaje final.

Shelley, que era un experimentado marinero, pero de agua dulce, partió de Livorno a las 3 de la tarde del 8 de julio de 1822. En el Don Juan, un inestable velero recién botado, viajaban con él su amigo Edward Williams (marido de Jane Williams, la mujer a la que el poeta dedicaba aquellos días sus más encendidos versos) y el joven grumete Charles Vivian, natural de Cornwall.

Se dirigían hacia el norte, al Golfo de La Spezia. En una modesta casa blanca situada frente al mar, en el pueblo de San Terenzo, municipio de Leirici, les esperaban Jane y Mary Shelley. La casa aún está en pie, sólo que entre el mar y ella también se ha interpuesto una calle que arruina la postal idílica de aquellos atardeceres románticos descritos por los poetas. Una lápida apenas legible, cuya autoría se atribuye a Trelawny, reza que “en esta terraza, que un día estuvo protegida por la sombra de un roble, en julio de 1822, Mary Shelley y Jane Williams esperaron, con lloros ansiosos, el retorno de Percy Bysshe Shelley, quien, a bordo de una frágil embarcación que había zarpado de Livorno…”

El mar devolvió los cuerpos una semana después en diferentes puntos de la costa de Viareggio, a medio camino entre Livorno y Lerici. El del grumete Vivian fue enterrado sin ningún honor. Su desgracia merecería tal vez un artículo aparte: murió por el capricho romántico de un Shelley que mantenía una relación malsana con el mar y que flirteaba con la muerte. Zarpar a aquella hora con un cielo que presagiaba tempestad fue una imprudencia. Recuerda Trelawny que el poeta ya estuvo a punto de morir ahogado meses antes.

Anota también que en una ocasión le había pedido una dosis de ácido prúsico, el veneno de los románticos: “No hace falta que te diga que no tengo intención de suicidarme por ahora, pero confieso que me resultaría muy tranquilizador tener a mano esa llave de oro que abre la puerta de la cámara del perpetuo descanso”.

P.B. Shelley Funeral and Legacy (Keats Shelley House)

El cuerpo de Shelley lo encontraron en la playa de Viareggio. Estaba irreconocible, troceado y con la cara probablemente devorada por los peces. El funeral que dispuso el propio Trelawny no era apto para almas sensibles. El relato que hizo este testigo, igual que otras versiones que fueron apareciendo (como The Last Days of Percy B. Shelley: New Details from Unpubished Documents, de Guido Biagi, 1898), desmienten la imagen almibarada que ha pasado a la historia en el pincel de Louis Edouard Fournier. Destaca sobremanera en ese cuadro el cadáver intacto de Shelley.

En cumplimiento de la normativa sanitaria, el poeta fue incinerado en plena playa. Antes de proceder, Byron pidió a Trelawny que le dejara conservar el cráneo de su amigo. Le respondieron que ni hablar: todos recordaban cómo el autor de Don Juan, de joven, invitaba a los huéspedes en su residencia de Newstead a beber vino vertido en la calavera de un monje desenterrado de un cementerio cercano. Nadie quería ver el cráneo privilegiado de Shelley reconvertido en cristalería de domingo.

El espectáculo de la cremación era tan horroroso que Byron optó por aliviar la tensión de la mejor manera que se le ocurrió: se metió en el mar para dar unas brazadas.

Como el cuerpo no ardía tanto como esperaban, Trelawny vertió sobre él “más vino del que el poeta había consumido durante toda su vida”. El resultado fue que el cadáver acabó partiéndose, dejando el corazón al descubierto. Hay una teoría reciente que sostiene que la víscera se conservó intacta porque se había calcificado por un proceso turberculoso que había padecido el poeta. Y otra que dice que no fue el corazón, sino el hígado, lo que arrancó Trelawny.

El caso es que éste entregó el corazón al crítico y poeta Leigh Hunt, otro expatriado, quién se tomó su tiempo antes de entregárselo a Mary porque al parecer le reprochaba a ésta no haber querido lo suficiente a su marido.

El corazón (o lo que fuera aquello) lo guardaría toda su vida Mary Shelley envuelto en unos poemas de John Keats. Desde 1889, cuando murió el hijo de Mary y Percy, la víscera está enterrada en Saint Peter Churchyard, en la localidad inglesa de Bournemouth.

El corazón forma parte de la diáspora que sufrieron los restos del autor de Adonais. Trelawny, unos cuantos coleccionistas y la casa de subastas Sotheby’s pusieron de su parte para que el cuerpo esté hoy repartido por medio mundo. Al camposanto de Bornemouth hay que sumarle el Cementerio Protestante de Roma (cenizas); la British Library (cenizas); la casa-museo de Shelley y Keats en Roma (fragmentos de cráneo) y la New York Public Library (más trozos de cráneo).

Percy Shelley: El poeta cuyo corazón no quería morir (Intrínseco y Expectorante)

Hoy, la playa de Viareggio es un formidable arenal flanqueado por una sucesión infinita de restaurantes y casas de baños. Se supone que el lugar exacto donde quemaron con vino y aceite el cuerpo de Shelley está tierra adentro, muy cerca de la estatua que recuerda al poeta y del bar que lleva su nombre, en el que sonaba a todo trapo son cubano el día en que este periodista entró a tomarse un café.

Después de aquellos días luctuosos, Mary Shelley y el corazón de su marido se trasladaron hasta una elegante casa en el barrio genovés de Albaro, a diez minutos de la mansión que ocupó Byron. Albaro es un regalo para cualquier aficionado o aficionada al turismo literario. La majestuosidad de las casas y la calma que desprende permiten abstraerse e imagina cómo transcurrió el exilio genovés de estos románticos irreductibles.

A Mary la recordamos encerrada en su casa –ahora en manos privadas– más dedicada a la titánica tarea de editar la obra de su marido que a proseguir su propia carrera literaria. Se cree que, de no haber sido por ella, Percy Shelley sería hoy un poeta olvidado. Pero por una suerte de justicia histórica y reparadora, hoy se lee más a Mary (gracias a su Frankenstein), que a Percy o a Byron. De este último atraen más su leyenda y sus aires vampíricos que su ampulosa y sobrecargada voz poética.

Percy B. Shelley sigue siendo un poeta admirado y citado. Cuando encontraron los restos del Don Juan y los llevaron hasta el puerto de Génova, se halló en un bolsillo de su abrigo un librito muy deteriorado por el agua con poemas de su amigo Keats. Hay que recordar que fue a éste, fallecido un año antes en Roma, a quién Percy dedicó su elegíaco Adonais.

Siglo y medio después (en 1969), en un concierto de los Rolling Stones en Hyde Park, Mick Jagger leyó unos versos de Adonais en homenaje a su colega Brian Jones, que también había fallecido de muy romántica manera (apareció ahogado en su piscina) unos días antes:

“¡Silencio! No está muerto, no está dormido,/ se ha despertado del sueño de la vida”.

FOTO: Portada Storm at Sea 4k Ultra Fondo de pantalla HD (Wallpaper Abyss – Alpha Coders)

Tomado de: La Vanguardia. Marzo 8, 2020.