El presente se volvió distópico

La inestabilidad política y económica, las corrientes migratorias, el rebrote de las derechas extremas y los conflictos ambientales son el marco de una tecnología que vuelve más confortable la vida, pero que esconde una cara sombría: la hipervisibilidad en plataformas digitales y la amenaza de manipulación de la información personal

POR Verónica Boix

La inestabilidad política y económica, las corrientes migratorias, el rebrote de las derechas extremas y los conflictos ambientales son el marco de una tecnología que vuelve más confortable la vida, pero que esconde una cara sombría: la hipervisibilidad en plataformas digitales y la amenaza de manipulación de la información personal

Al parecer la vida cotidiana es una distopía. Drones, robots, relaciones virtuales, inmigrantes que mueren en una balsa a metros de ciudades luminosas, Alexa, nanotecnología, selvas incendiadas, autos eléctricos. Hoy muchas de las profecías imaginadas en el siglo XX forman parte del día a día; aún más, existe una lista de películas que están situadas en 2019, entre ellas, el clásico futurista Blade Runner, basado en una novela de Philip K. Dick, The Running Man y The Island.

A pesar de que muchas no acertaron los pronósticos, llevan a pensar que habitamos un tiempo alguna vez imaginado. De ahí que la ciencia ficción nos tenga hipnotizados frente a las pantallas.

Ya sean futuros tan cercanos que parecen anticuados o mundos dominados por religiones macabras, las historias nuevas nos ponen en alerta, o al menos, resultan un escape confortable para nuestras ansiedades ¿Serán estas distopías una suerte de catarsis para sobrevivir a la era digital o sólo la lupa amplificada de un presente incomprensible?

Una familia acomodada festeja un cumpleaños en una mansión inglesa mientras Donald Trump ataca con armas nucleares una isla artificial en aguas disputadas a China. Así comienza Years and Years, la serie de HBO que construye un tiempo apenas futuro, muy similar al actual, excepto por dos factores, el primero y obvio es una tecnología evolucionada; en el segundo, realmente inquietante, los gobernantes que en nuestros días amenazan los derechos individuales con ideas totalitarias y racistas dan un paso más allá y las concretan.

Nadie está a salvo: los bancos se quedan con el dinero de los ahorristas, un empleado financiero termina trabajando en su bicicleta como delivery, desaparecen profesiones clásicas como los contadores, los empleos se precarizan, hay cirugías en sitios clandestinos, hipercontrol y un feroz cierre de fronteras. Sí, cualquier parecido con la actualidad del subdesarrollo es real.

Y no es la única historia que combina alta tecnología con un contexto humano nefasto. Black Mirror –serie original de la BBC que compró y siguió produciendo Netflix— juega con esa fórmula para explorar en cada episodio un escenario con tecnología de avanzada, pero siempre muy cercano a nuestro presente.

Para Esteban Serra, investigador del Conicet y asesor sobre ciencia, tecnología e innovación de la provincia de Santa Fe, la clave del fenómeno es la verosimilitud de las situaciones. “Los efectos digitales permiten borrar los límites de lo ficcional y hacer muy creíble todo, algo que también aporta a la verosimilitud.

Divagación sobre la distopía final (Peregrinos y sus letras)

Los límites entre la realidad y la ficción aparecen cada vez más difusos. El futuro convive con el presente. Piensen que la primera Blade Runner transcurre en noviembre de 2019. Por ejemplo, hablando con cualquier adolescente vemos que existe, a través de las redes sociales, una especie de categorización social de facto que mezcla popularidad, estética personal y cierto chismorreo. Se parece bastante a lo que pasa en el capítulo “Caída en picada” (Nose dive), de Black Mirror. Sólo falta una app que encapsule el fenómeno y normatice las calificaciones, pero la idea ya está funcionando”.

Basta recorrer la historia para notar que a las grandes crisis colectivas les siguieron momentos de extraordinaria creatividad. Es decir, la historia de la ciencia ficción muchas veces predijo la dirección que tomaría la humanidad. Alcanza con recordar el auge, renovado no sólo por la asunción de Donald Trump, de la emblemática 1984, de Orwell. Una distopía que presenta una sociedad sometida a la vigilancia absoluta del Gran Hermano, en la que las palabras pierden su sentido para volverse herramientas de manipulación social.

De algún modo, esa obra que criticaba el comunismo y el capitalismo totalitario anticipó nuestro presente sometido a vigilancia permanente a través de cámaras públicas, geolocalizadores y algoritmos.

Algo similar sucede con la novela célebre Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, originalmente llevada al cine de la mano magistral de François Truffaut, en 1966. En un mundo superpoblado, la gente se somete a sus aparatos de comunicación como adictos, Guy Montag está encargado de quemar los libros que están prohibidos por el gobierno. Pero conoce a una maestra que se anima a leer y termina como fugitivo, tiene que elegir entre su seguridad personal y su libertad intelectual. Al igual que en 1984, la falta de libertad y el poder como dominación se concretan gracias a una tecnología capaz de naturalizar la opresión.

Es curioso, en la base de las distopías actuales anida una tensión similar entre libertad y dominación. Uno de los autores que más sabe sobre el tema en nuestro país, Martín Felipe Castagnet, autor de Los cuerpos del verano y Los mantras modernos, no cree que ahora las distopías sean tan distintas a las del siglo XX. “Hay más continuidades que diferencias porque literariamente seguimos viviendo el mismo siglo: el inaugurado por las vanguardias, que no termina de cerrarse pero que amaga con hacerlo. Hay zonas de la literatura donde generar polémica ya no es un valor, pero esa no es precisamente la distopía. La mayor diferencia es que hoy en día cualquier texto especulativo puede ser considerado una distopía: quizás porque de tan insatisfechos nos esperanza leer sobre mundos peores que el nuestro, incluso aunque no lo sean”, señala este doctor en literatura que basó su tesis en la editorial Minotauro, la primera argentina dedicada a la ciencia ficción y el género fantástico.

Como fuera, hoy la inestabilidad política y económica, las corrientes migratorias, el rebrote de las derechas extremas, las guerras atomizadas y los conflictos ambientales son el marco de una tecnología que, por un lado, vuelve más confortable la vida, pero por otro, esconde una cara sombría: la hipervisibilidad en plataformas digitales y la amenaza de manipulación de la información personal para fines espurios. Es difícil imaginar un escenario más distópico y al mismo tiempo, una sociedad menos resistente, que adopta la tecnología sin cuestionamientos.

Eso explicaría, en parte, la fuerza renovada del género. Al menos para Serra: “La ciencia ficción actual parte de una realidad: el avance de las tecnologías impulsado por el aumento de la capacidad de cálculo, que parece seguir sin desviarse de la Ley de Moore, nos enfrenta con tecnologías disruptivas pero que a la vez son muy amigables. La pregunta que corresponde hacerse es qué hay detrás de todo eso, hasta dónde pueden llegar algunas situaciones en un periodo de tiempo no muy corto.

Más allá de la distopía: “El cuento de la criada” no es ficción (Tercera Información)

Es un claro ejemplo la irrupción del caso de Cambridge Analytica –firma analista de datos personales que manipuló cuentas personales con fines partidarios—, reflejado en el documental Nada es privado. Por el escándalo de utilización de las cuentas de 50 millones de usuarios de Facebook por parte de esa compañía británica, la empresa de Mark Zuckerberg debió pagar una multa de 5000 millones de dólares en su país por violación de las leyes comerciales y manipulación de datos. Cambridge Analytica, hoy disuelta, se valió de la minería de datos y la comunicación estratégica para intervenir en procesos electorales; el caso emblemático fue el de las últimas elecciones presidenciales de Estados Unidos.

¿Puede la tecnología llegar al límite de satisfacer todos nuestros deseos personales? El parque de diversiones imaginado en la serie Westworld (HBO) ensaya una posibilidad que tiene mucho de experimento social: recrea el Far West de las películas, suma robots humanoides con la facultad de consentir cualquier capricho del turista, sea noble o perverso. La serie plantea los dilemas que se esconden detrás de los avances vinculados con la naturaleza humana y los límites de la creación.

Sin embargo, la pregunta acerca de qué hay detrás de la tecnología no es nueva y ya rondaba a autores que hoy se consideran visionarios. Como es el caso del padre del cyberpunk, William Gibson, el escritor que anticipó con mayor lucidez los cambios tecnológicos que transformarían nuestro mundo y definió en sus novelas la iconografía de la ciencia ficción moderna.

Fue, entre otras cosas, el que inventó el concepto de “ciberespacio” en su novela Neuromante (1984), y de algún modo predijo que la vida pasaría a transcurrir en el espacio inmaterial de la net. Tanto es así que otra de sus novelas, Conde cero, engendró la idea de matriz, desarrollado luego por los hermanos Wachowski en la famosa película Matrix, icono indiscutible del género.

Claro que las peores pesadillas no se esconden sólo en la tecnología. También la opresión y el afán de poder pueden dar origen a escenarios espeluznantes como en El cuento de la criada, la novela que escribió Margaret Atwood en 1985. El poder de las imágenes de la escritora canadiense trasciende la ficción y encarna en la realidad el pedido de libertad.

Según cuenta Atwood, una de las reglas que se impuso al escribir fue no incluir ningún suceso que no hubiera ocurrido ya en la Historia. De ahí la conmoción emocional que provocan las escenas que narra. Los problemas de su ciudad imaginaria, en el país de Gilead, son similares a los actuales: contaminación, ataques de grupos terroristas, problemas de infertilidad, falta de recursos naturales, excepto que un grupo fundamentalista religioso toma el poder y gobierna con premisas cercanas al Antiguo Testamento.

Así fundan la República de Gilead en parte del territorio que era Estados Unidos, convierten a las escasas mujeres fértiles en las “criadas”, una suerte de esclavas asignadas a un Comandante que las fecunda para que, en caso de tener éxito, el hijo sea entregado a la esposa de su dominador.

No es casual que “bajo sus ojos” sea el saludo obligatorio para todos los habitantes del lugar. Igual que en Fahrenheit, en Gilead los libros están prohibidos y el control permanente sobre los habitantes es esencial para sostener el régimen de dominación. El gobierno interfiere hasta la demencia en la vida privada de las personas como un muestrario de la perversidad.

Pensándolo un poco más, la distopía de Atwood tiene un rasgo común a las demás series del momento: el foco centrado en detalles que aparecen como carteles luminosos sobre los signos del presente. Es decir, ponen en primer plano, y del otro lado, las situaciones críticas que se suceden en la realidad con una velocidad imposible de asimilar.

Tal vez a eso se debe que las nuevas ficciones, invariablemente, se limitan a un futuro que está a segundos de ocurrir. O incluso ya está ocurriendo, como arriesga Castagnet: “Ya somos muchos quienes afirmamos que la distopía y la ciencia ficción son el nuevo realismo: esto es, el artificio de intentar representar lo real de manera verídica. El problema es que la digitalidad es más engorrosa y poco elegante de lo que podemos admitir, mientras que la televisión puede estetizar nuestras adicciones y obsesiones con tan sólo adelantar las ficciones unos años hacia delante. Lamemos los enchufes de la pared y necesitamos que alguien lo represente de una forma hermosa”.

Según parece, los cuartos metálicos de Black Mirror le dan la razón. Dicho de otro modo, las realidades inquietantes que plantean las distopías suelen ocurrir en arquitecturas impecables, sin que las diferencias sociales y económicas de los personajes tengan relevancia. Aquí una de sus fortalezas. A la familia acomodada de Years and Years le suceden desgracias que sólo ocurren, en verdad, en el subdesarrollo. Y una mujer común, que dice tonterías de tintes racistas, xenófobos, bastante ignorante, termina como la Primera Ministra británica (papel en el que se luce Emma Thompson).

“En la ciencia ficción contemporánea, nacida de la mezcla y el entrecruzamiento obsceno de la información, encontré una representación de dónde vivimos y cómo sentimos. Martillamos teclas como muestra de amor y cada vez más nuestros vínculos se desarrollan a partir de aparatos. ¿Qué otro género está dispuesto a contar esa historia? La ciencia ficción se concentra en las prótesis que nos hacen sentir humanos en un mundo cada vez menos humano”, añade Castagnet.

Ya sean anticipación o mero reflejo, las distopías dan en el blanco de un presente que nos aterra. Y, aquí la novedad, nos causan un alivio fugaz, el suficiente para liberar una cierta esperanza. Si el peor escenario ya fue imaginado, con suerte podamos pensar la forma de evitar que se convierta en realidad.

FOTO Portada Lady Distopía on Twitter (Phil Cleminson)

Tomado de: “Revista Ñ”. Clarín. Septiembre 27, 2019.