Mi padre y el día de las madres

Cada que su corazón duro se lo permitía mi padre le lloraba a alguien. Sólo lo hacía si podía librarse de las sombras que oscurecían su figura cuando caía la tarde y se encerraba en su recámara a tocar la guitarra. Y entonces lloraba en silencio. Y nosotros sabíamos que lo hacía porque nos lo había confesado, borracho, en varias ocasiones

POR Óscar Garduño Nájera

Cada que su corazón duro se lo permitía mi padre le lloraba a alguien. Sólo lo hacía si podía librarse de las sombras que oscurecían su figura cuando caía la tarde y se encerraba en su recámara a tocar la guitarra. Y entonces lloraba en silencio. Y nosotros sabíamos que lo hacía porque nos lo había confesado, borracho, en varias ocasiones

Es lo que recuerdo de él. Aparece con una precisión cinematográfica. Como cuando repites la escena de una película porque te la quieres aprender de memoria. Con luces y sonido. Y la tibieza de su grave voz cuando se le ocurría al fin hablar porque tenía algo importante que decirnos. Y la oscuridad de su figura hundida en figuras más oscuras, de tal manera que su silueta parecía multiplicarse por cientos de figuras y todas ellas no eran sino sombras.

Quiero que me entiendan antes de continuar: no quiero decir que mi padre sólo conociese de su tristeza, porque en realidad su vida era mucho más. Tenía una simbología específica para cada una de las etapas. Así para su niñez. O para su adolescencia. O cuando ya era un hombre casado con mi madre. Luego un padre de familia de esos que aparecen con un elegante traje en las fotos familiares.

Sin embargo, para mí no dejó de serlo. Un hombre triste a pesar de todo. Así como hay hombres que enarbolan la alegría y los buenos deseos a través de las buenas acciones, mi padre lo hacía en la tristeza. Era un medio por el cual establecía comunicación con el mundo exterior y todos sus significados. El que estaba una vez que cruzaba la puerta de su recámara. Cuando salía a caminar en compañía de mi madre por un café al Oxxo de la esquina. Pero esa comunicación no dejaba de ser una comunicación rota. Y mi padre se empeñaba en que así fuese a través de su infinita e indescifrable tristeza. Que nunca pudimos traspasarla nos queda claro ahora a sus hijos cuando intentamos adivinar las posibilidades de los pensamientos que tenía mi padre. ¿Cómo se sentía? ¿Por qué en raras ocasiones expresaba realmente sus emociones?

Teníamos unas nociones vagas gracias a algunas historias que mi madre nos había contado. Mi padre era un hombre sin pasado. Quiero decir que él nunca tuvo un pasado para los demás, frente al otro, a los otros, así fuese frente a su familia, sus hijos, su esposa. Había un antes y un después. Un periodo de luz y otro de inmensa oscuridad. Durante la niñez mi padre había sido feliz y esa felicidad en ocasiones conseguía asomarse por su mirada. Sobre todo cuando reía en las tardes. Cuando nos sentábamos en la mesa del comedor y conseguías sacarle alguna anécdota. Y reía. Y pronto descubriríamos por qué esa felicidad provenía de la niñez y cómo se había visto brutalmente devastada.

Mi madre hizo hincapié en una figura: la madrastra. En algún momento de la historia, no recuerdo con claridad, la mamá de mi padre, es decir mi abuela, fallece o se separa del abuelo, quien luego de algún tiempo se junta con otra mujer, quien ahora hace de madrastra de papá. Aquí mi madre hacía un silencio. Hay una frase que recuerdo de ella: tu papá sufrió mucho. Y en la historia había una culpable: su madrastra.

Ella lo amarraba de los tobillos y lo dejaba colgando, desnudo, mientras quemaba chile debajo para castigarlo por alguna maldad o simplemente porque estaba de mal humor. Seguramente que mi madre nos contó más castigos, más humillaciones; pero la imagen de ver a mi padre desnudo bocabajo y ahogándose con el humo del chile quemado dominó toda mi memoria, la cercenó, no dejó espacio para más anécdotas de mi padre, porque además, ¿quién quería saber más de los castigos, quién quería saber más de aquella madrastra que le había destruido todos sus documentos (cuentan que también los quemó), fotografías, boletas escolares, reconocimientos, uniformes, ropa, para hacer de mi padre un hombre sin pasado, al menos uno palpable, con testimonio, con documentos que acrediten eso, que exististe, que estudiaste en el Colegio Militar y que fuiste maestro por más de 25 años, que te jubilaste con una pensión miserable? Mi padre era un hombre sin pasado y nosotros jugábamos en ocasiones a que teníamos un padre con un buen pasado. A mí, por ejemplo, me daba por pensar que mi padre había sido muy bueno en el Colegio Militar, donde sí había estudiado y de donde fue expulsado por mi abuelo, que era General, a consecuencia de las constantes muestras de indisciplina de mi padre.

De adolescente yo lo veía montado en un tanque de guerra. O en un poderoso avión. Cada que era un desfile militar del 16 de septiembre mi padre nos daba asesoría gratuita militarizada de las características de los aviones, de los helicópteros, de los tanques, de los caballos, de cada uno de los distintos agrupamientos militarizados y del nombre de las distintas armas de los soldados. Sí, era muy emocionante.

Cada que su corazón duro se lo permitía mi padre le lloraba a alguien. Sólo lo hacía si podía librarse de las sombras que oscurecían su figura cuando caía la tarde y se encerraba en su recámara a tocar la guitarra. Y entonces lloraba en silencio. Y nosotros sabíamos que lo hacía porque nos lo había confesado, borracho, en varias ocasiones. Era a su madre. A esa madre que pudo haber cambiado o no la historia de su infancia. Y quizás con ello la de su adolescencia. No lo sé.

Sí sé, por el contrario, que mi padre festejaba a su madre cada 10 de mayo en silencio. Tal vez iba a la iglesia muy de mañana, sin que nosotros nos percatáramos de ello. Era una mujer muy guapa, es otro de los detalles que supe de mi abuela gracias a mi madre. Y la historia llegaba hasta aquí. Ninguno de mis tres hermanos, al menos que yo sepa, intentó investigar más de la historia de mi padre y su madre. En ocasiones conviene no tentar al pasado. Oscuro o luminoso, pero dejarlo ahí, con sus muertos y con sus vivos. Sin embargo, me gusta pensar que este 10 de mayo es el primero que le celebraré a mi ausente madre (aunque en realidad a ella no le gustaban mucho los festejos) y de paso celebraré a una hermosa abuela que ninguno de nosotros, ni siquiera la historia, ni siquiera el tiempo, seremos capaces de juzgar.

FOTO Portada (Daily Mail)